miércoles, 23 de octubre de 2013

IMPERIALISMO Y LUCHA DE CLASES (Escrito en 1975)


Una adecuada interpretación de la naturaleza del imperialismo actual es esencial para la estrategia y la táctica revolucionaria a seguir en los países dependientes.

El análisis de la concepción tercermundista del imperialismo nos permitirá comprender las causas de las derrotas que desde la tercera década del siglo vienen sufriendo los movimientos nacionalistas burgueses de los países dependientes y las izquierdas que los apoyan.

Según las tesis tercermundistas, el imperialismo impediría el desarrollo de las fuerzas productivas en los países dominados para mantenerlos en un estado precapitalista. Los países desarrollados impedirían el desarrollo de los que llegaron tarde. De ese modo, según los tercermundistas, las burguesías industriales nacionales de los países dependientes serían clases revolucionarias, pues al proponerse la industrialización chocarían con el imperialismo que trata de impedirla.

Casi todo el mundo, no sólo los nacionalistas, sino la mayor parte de la izquierda, repite hoy esas aseveraciones que parecen tan evidentes que no es preciso demostrarlas; nadie tampoco se preocupa por hacerlo. Nadie explica tampoco por qué si el imperialismo provoca subdesarrollo, existieron países subdesarrollados que no fueron colonias sino imperios como España, Portugal, Turquía, y, en cambio, países que fueron colonias, como Estado Unidos, Canadá, y Australia se desarrollaron desde el comienzo.

La tesis tercermundista según la cual los países imperialistas deben su alto desarrollo a la explotación de las colonias queda invalidada con sólo recordar que en el siglo XIX países colonialistas como España, Portugal o los Países Bajos eran menos desarrollados que otros que no tenían colonias como Suiza, Bélgica, Suecia, Checoslovaquia o Estados Unidos. Éste último había alcanzado el grado más alto de desarrollo antes de convertirse en 1989 en un imperialismo. En 1914 cuando ya había alcanzado el nivel de vida más alto del mundo, había 7.200 millones de dólares de inversiones extranjeras en Estados Unidos, contra tan sólo 3.500 millones de dólares de inversiones norteamericanas que en el extranjero [1]. En el siglo XX, por su parte, se comprueba que los países que pierden sus colonias no disminuyen su ritmo de desarrollo ni bajan su nivel de vida, en tanto Portugal, uno de los últimos países colonialistas que existen, es a la vez uno de los menos desarrollados y con el más bajo nivel de vida.

Siguiendo una tradición olvidada del marxismo clásico, nos proponemos mostrar que, al contrario de las tesis tercermundistas, no existe una correlación directa entre colonialismo y subdesarrollo. EL IMPERIALISMO NO ES LA CAUSA DEL ESTANCAMIENTO DE ALGUNOS PUEBLOS, SINO EL ESTANCAMIENTO PREVIO LA CAUSA DE LA CAÍDA DE CIERTOS PUEBLOS BAJO EL IMPERIALISMO. LOS PUEBLOS SON COLONIZADOS PORQUE SON COLONIZABLES.

En el caso de África negra, el imperialismo no vino a destruir ningún tipo de civilización autónoma porque ésta no existía, no vino a frenar ningún desarrollo económico porque sólo existía una primitiva economía de subsistencia. En el caso de los pueblos asiático y nordafricanos, donde sí existieron grandes civilizaciones, éstas ya estaban en decadencia varios siglos antes de que surgiera el imperialismo. En efecto, la expansión imperialista de la Europa Occidental comienza después de la primera mitad del siglo XIX[2] por el Mediterráneo y su gran apogeo económico y técnico se remonta apenas al siglo XVIII. La China, la India, los países árabes, eran civilizaciones florecientes en la Edad Media, muy superiores a la Europa occidental. Pero ya hacia fines de la Edad Media, estos pueblos orientales comienzan a estancarse, a decaer, es decir, 500 años antes de que penetrara en ellos el imperialismo europeo, cinco siglos antes, tengámoslo en cuenta. Los apologistas del imperialismo europeo hablarán de inferioridad racial o cultural, de influencia de la religión o del clima, olvidando que esos pueblos fueron capaces de crear grandes civilizaciones en la Edad Media. La causa del estancamiento hay que buscarla en un modo de producción característico de esos pueblos; en el caso del África negra una economía de mera subsistencia; en el de Asia, un modo peculiar que Marx ha estudiado con el nombre de modo de producción asiático. MUCHOS PROBLEMAS DEL LLAMADO TERCER MUNDO SE EXPLICAN SI RECURRIMOS A LA TEORÍA DEL MODO DE PRODUCCIÓN ASIÁTICO, TOTALMENTE IGNORADA POR EL “MARXISMO” OFICIAL.

Este modo de producción se dio, como  su nombre lo indica, en Asia, en India y principalmente en la China antigua, pero también se dio en otros continentes, en el África del Norte –Egipto de los faraones-, en el África negra y en la América incaica y azteca. Es pues el modo de producción característico, junto con la producción de subsistencia, de lo que después se llamará Tercer Mundo. De este modo de producción queda excluido Japón, que tiene desde sus orígenes su modo de producción similar al de Europa Occidental y que sintomáticamente es el único país oriental que no cae bajo el imperialismo.

Veamos brevemente las diferencias que existen entre el modo de producción asiático y el modo de producción de la Europa Occidental. El modo de producción clásico tal como se dio en la Europa Occidental a través de las tres etapas de esclavitud, feudalismo y capitalismo, tiene su característica esencial en la propiedad privad de la tierra y los medios de producción. Por el contrario, en el modo de producción asiático no existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción están en manos del Estado. La tierra es entregada a los campesinos para que la trabajen y los funcionarios estatales la administran y cobran los impuestos. Las comunidades aldeanas, por su parte, permanecen aislada autoabasteciéndose con el artesanado y la producción agrícola. Este modo de producción se da principalmente en las sociedades hidráulicas, donde la necesidad de un sistema de riego artificial exige un poder central regulador capaz de dirigir a los vastos equipos de trabajadores que deben realizar las grandes obras. Un Estado fuerte y centralizado concentra el excedente económico y dispone de él. SE CREA DE ESE MODO UNA BUROCRACIA TODOPODEROSA Y DESPÓTICA, CUYO EJEMPLO CLÁSICO SON LOS MANDARINES CHINOS. POR ESO ADEMÁS DE LOS CANALES DE RIEGO Y CAMINOS, SE CONSTRUYEN TAMBIEN MONUMENTOS SUNTUOSOS EN HOMENAJE A LOS EMPERADORES Y SUS FUNCIONARIOS, TALES COMO PALACIOS Y TUMBAS.

Ya Ibn Jaldún (1332-1403), gran historiador árabe[3], comprendió que la expansión económica y social del Magreb fue paralizada no por factores exteriores o fortuitos, sino por causas internas: un bloqueo estructural que depende, en lo que se refiere al África del Norte, del mantenimiento de las estructuras tribales, por consiguiente la imposibilidad de la apropiación privada de los medios de producción y la inexistencia de una clase dominante claramente individualizada, es decir, la burguesía.

En efecto, si en los países de Asia y África, a diferencia de los países de Europa Occidental, no se pudo hacer la revolución técnica e industrial es porque allí, a diferencia de los países de la Europa Occidental, un modo de producción peculiar donde se excluía la propiedad privada, imposibilitaría la constitución de la sociedad feudal, etapa previa necesaria para el surgimiento de una clase burguesa. Sólo la burguesía respondiendo a sus propios intereses fue capaz de destruir los frenos que impedían las transformaciones, apropiándose e impulsando las invenciones técnicas y científicas de los siglos XVI y XVII. Sintomáticamente el Japón, el único país asiático que conoció una sociedad feudal, es el único que supo evolucionar hacia el capitalismo y, por lo tanto, el único que pudo resistir la penetración imperialista. EN LAS REGIONES DONDE PREDOMINA EL MODO DE PRODUCCIÓN ASIÁTICO, EL CAPITALISMO SÓLO ENTRA IMPUESTO DESDE EL EXTERIOR POR EL COLONIALISMO EUROPEO.

Por otra parte, el hecho de que las clases dirigentes autóctonas de los países coloniales no constituyeran una burguesía, sino una burocracia estatal formada por el modo de producción asiático, también facilito la colonización. Esta burocracia estatal se favorecía con las nuevas relaciones de propiedad impuestas por el capitalismo de los colonizadores, pues le permitía la apropiación privada de la tierra, a la que no tenía acceso en el modo de producción asiático. Es así como raramente la colonización fue producto de una conquista violenta como dramatizan los tercermundistas. EN LA MAYORÍA DE LOS CASOS FUE LA PROPIA ARISTOCRACIA LOCAL LA QUE AYUDÓ A LA COLONIZACIÓN. Por ejemplo, en Argelia la derrota del emir Abd el Kader no hubiera sido posible sin el apoyo de muchos jefes musulmanes al ejército francés[4]. De ese modo la colonización de países dio origen a un nuevo sistema donde el capitalismo que implantaban los colonizadores debía pactar con formas precapitalistas autóctonas. Las nuevas relaciones de propiedad convertían a los antiguos mandatarios y burócratas del modo de producción asiático en una especie de nuevos señores feudales que cambian gustosamente el poder política vicario otorgado por el Estado asiático por el poder económico de la propiedad privada de la tierra y la explotación directa del campesinado que le otorgaba el sistema colonial. ESA FORMA HÍBRIDA DE TRANSICIÓN DE LOS PAÍSES COLONIALES DEL MODO DE PRODUCCIÓN ASIÁTICO AUTÓCTONO AL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA IMPORTADO POR EL IMPERIALISMO ES DENOMINADO COMÚNMENTE, EN FORMA IMPRECISA E INEXACTA, FEUDALISMO ÁRABE, CHINO, ETCÉTERA.

Del mismo modo, como el colonialismo sólo dominó a los países atrasado por el apoyo que tuvo en las clases altas autóctonas, más tarde la dependencia económica en los países políticamente independientes sólo puede establecerse mediante la cooperación con las burguesías autóctonas. Esas mismas burguesías serán, sin embargo, quienes más fuertemente acusarán al imperialismo como origen de todos los males que aquejan al país, ocultando de ese modo las verdaderas causa de la opresión y la miseria, que son principalmente causas internas y no externas. El atraso de los países dominados no es provocado por el imperialismo, sino por el modo de producción previo a la colonización y por los intereses de las clases altas autóctonas, y persiste, por lo tanto, después de la descolonización. El imperialismo provoca un mayor o menor grado de desarrollo según la estructura social del país que domina.

Cuando los tercermundistas pretenden negar que el imperialismo exporta capitalismo a los países coloniales, aduciendo la supervivencia en los mismos de formas arcaicas después de la colonización, ignoran que ese atraso no viene del imperialismo, sino de la existencia de clases autóctonas precapitalistas con las que el imperialismo tiene necesidad de pactar. CUANDO, EN CAMBIO, SE COLONIZAN PAÍSES DONDE NO EXISTEN CLASES ALTAS AUTÓCTONAS INTERESADAS EN DEFENDER SUS PRIVILEGIOS ANCENSTRALES, COMO EN EL CASO DE LA COLONIZACIÓN DE NORTEAMÉRICA Y AUSTRALIA POR INGLATERRA Y DE CANADÁ POR INGLATERRA Y FRANCIA, EL CAPITALISMO SE IMPONE SIN NINGUNA TRABA, DANDO ORIGEN A SOCIEDADES PRÓSPERAS Y ADELANTADAS. DE ESE MODO PODEMOS EXPLICARNOS EL MISTERIO DE LA “COLONIZACIÓN PROGRESISTA” DE ESTADOS UNIDOS SIN NECESIDAD DE RECURRIR A LAS BANALES INTERPRETACIONES IRRACIONALES Y RACISTAS SOBRE LA SUPERIORIDAD ANGLOSAJONA.

La colonización de los pueblos del modo de producción asiático, como hemos visto, no tuvo resistencia porque este sistema estancado y esclerosado los hacía fácil presa del dinamismo capitalista, y porque las propias clases autóctonas estaban interesadas en la colonización. Pero en cambio la mantención del colonialismo fue difícil precisamente porque al imponer, mediante la colonia, el sistema capitalista desapareció la causa de la fácil conquista, el modo de producción asiático. Al fortalecerse con la propiedad privada de la tierra que trajo el colonialismo, las clases altas autóctonas comenzaron a concebir las ventajas que además podía traerles la independencia política. Por otra parte, el capitalismo había creado una nueva clase, el proletariado, directamente interesado en la liberación nacional. El capitalismo imperialista había traído la diferenciación de clases, y con ella, la lucha de clases que despertaría a esos pueblos del largo letargo en que los había mantenido el modo de producción asiático. El imperialismo engendraba, de ese modo, a sus propios enterradores en los pueblos coloniales.

El estancamiento de las sociedades de modo de producción asiático y la economía de subsistencia que contrastaba con el rápido progreso de las sociedades capitalistas, y el súbdito despertar de los pueblos asiáticos al entrar en contacto con el capitalismo, es una prueba flagrante de que, como afirma el marxismo, la lucha de clases es el motor de la historia. En efecto, la propiedad estatal de los medios de producción, tal como se dio en el modo de producción asiático, atenúa relativamente las contradicciones internas impidiendo el desarrollo de las luchas de clases hasta sus últimas consecuencias. Este freno de la lucha de clases por un régimen paternalista provoca inevitablemente el estancamiento de la sociedad, que se detienen en un estadio determinado y no puede acceder a una etapa superior.

Por el contrario, la espectacular evolución histórica de la Europa Occidental se debe a la violencia con que se desarrolló en ella la lucha de clases, haciendo surgir en poco siglos una clase feudal, una clase burguesa como negación de la feudal, y un proletario destinado a su vez negar la burguesía.

En el modo de producción asiático no pudo surgir una clase burguesa diferenciada. Los comerciantes de Arabia, China y la India, a pesar de desplegar una gran actividad, no pudieron constituir una clase burguesa autónoma porque su fuente de ingresos provenía del Estado, que les atribuía el derecho de cobrar impuestos en pago a sus servicios. En el modo de producción asiático, por lo tanto, el comerciante era un funcionario estatal más. El colectivismo burocrático y despótico de las civilizaciones asiáticas y americanas precolombinas, por muy originales que hayan sido sus culturas, no pudieron dar origen al burgués porque éste necesitaba, para surgir, la base económica de la propiedad privada tal como se dio en la sociedad esclavista, feudal y capitalista de Occidente.

La línea de desarrollo económico que surge con la antigüedad griega se extiende a través de Roma por Europa, y a través de Europa por América, es tradicionalmente considerada como la forma superior de desarrollo; según sus apologistas, por una suerte de superioridad cultural o racial que es, sin embargo, fácil de rebatir con el ejemplo del esplendor de las civilizaciones orientales en la Edad Media. Los tercermundistas, por su parte, juzgan esta aseveración como un simple prejuicio “eurocentrista” que considera su propia forma de vida como superior a todas las demás, como voluntad de dominio de un pequeño grupo de pueblos sobre el resto de la humanidad. Pero la línea occidental de desarrollo es la verdaderamente clásica y representativa de la historia de la humanidad, no por las razones que aducen sus defensores burgueses, o sus detractores tercermundistas, sino porque, como muestra el marxismo, fue la que realizó contradictoriamente el desarrollo máximo de las fuerzas productivas y la que provocó las formas extremas de la lucha de clases. Marx, el gran negador de la sociedad burguesa fue, al mismo tiempo, su gran admirador, comprendiendo que la sociedad burguesa y el hombre individual que ésta engendra constituyen la etapa necesaria imprescindible para llegar a la sociedad socialista. LA PRIMERA PARTE DEL MANIFIESTO COMUNISTA ES LA MÁS GRANDE EXALTACIÓN QUE SE HA HECHO DE LA SOCIEDAD BURGUESA.


Imperialismo y desarrollo

La teoría del modo de producción asiático nos muestra que el imperialismo no es la causa del llamado subdesarrollo de ciertos países de Asia y áfrica, sino que, por el contrario, fue el estancamiento anterior de esos pueblos debido a sus peculiares modos de producción –asiático o de subsistencia- que impedían el surgimiento de una clase burguesa, la causa de su posterior caída bajo el imperialismo.

El desconocimiento de la teoría del modo de producción asiático –prohibida por el stalinismo-, así como de las teorías clásicas del marxismo sobre el imperialismo, llevó a grandes sectores de la izquierda a caer bajo la influencia de la ideología del nacionalismo burgués, según la cual el imperialismo provoca atraso y subdesarrollo en los países sometidos, impidiendo el desarrollo de las fuerzas productivas y manteniendo a estos países en una etapa precapitalista, de la que sólo puede sacarla una revolución nacional antiimperialista.

Las teorías clásicas del marxismo respecto del imperialismo están en abierta contradicción con estas teorías tercermundistas: para el marxismo el imperialismo no sólo no impide el desarrollo de las fuerzas productivas de los países dependientes, sino que, por el contrario, ayuda a desarrollarlas, destruyendo formas feudales o precapitalistas y haciendo entrar a los países marginados en la órbita del capitalismo. Para los marxistas clásicos el imperialismo exporta capitalismo a los países precapitalistas. Esta tesis, que tiene su origen en los discutidos artículos de Marx sobre la dominación de Inglaterra en la India, repugna a los nacionalistas como Jorge Abelardo Ramos. “En lo tocante a la India, por ejemplo, Marx incurrió en un error notable”[5], dirá Ramos, quien se encargará a renglón seguido de corregir este error de Marx.

En los citados artículos, Marx dice de la India bajo la dominación inglesa: “Sin embargo, por muy lamentable que sea desde el punto de vista humano, ver cómo se desorganizan y disuelven esas decenas de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus medios tradicionales de subsistencia, no debemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que parecieran, constituyeron siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más estrechos, sometiéndolo a la esclavitud de reglas tradicionales y privándolo de toda riqueza y de toda iniciativa histórica (…). Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De la que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo del estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución[6].

“Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión: una, destructora; la otra, regeneradora; la aniquilación de la vieja sociedad asiática y la colocación de los fundamentos materiales de la sociedad occidental en Asia[7].

“La industria moderna llevada a la India por los ferrocarriles destruirá la división hereditaria del trabajo, base de las castas indias, ese principal obstáculo para el progreso y el poderío del país”. [8]

Puede comprobarse a través de estos párrafos que Marx está lejos de ser el apologista del imperialismo europeo, como pretenden los nacionalistas: el progreso que trae el imperialismo no consiste para Marx en la misión civilizadora y humanitaria que se arrogan los colonizadores, sino en la introducción del modo de producción capitalista, es decir, de un modo de explotación más avanzado que el asiático. El progreso que significa la introducción del capitalismo no traerá, no obstante, el bienestar ni la prosperidad a las masas populares de los países sometidos. Dice Marx al respecto: “Todo en cuanto se vea obligado a hacer a la India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará sustancialmente su condición social, pues tanto lo uno como lo otro dependen no sólo del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de que el pueblo las posea o no. Pero lo que no dejará de hacer la burguesía es sentar las premisas materiales necesarias para ambas cosas ¿Acaso la burguesía ha hecho nunca algo más? ¿Cuándo ha realizado algún progreso sin arrastrar a los individuo aislados y a pueblos enteros por la sangre, el lodo, la miseria y la degradación?”[9].

Es preciso advertir que estas tesis de Marx sobre el imperialismo mercantil no pueden desecharse como meramente circunstanciales, ya que todos los marxistas clásicos las han desarrollado ampliamente, aplicándolas al imperialismo moderno. En el primer estudio marxista sobre el imperialismo, Rudolf Hilferding dice con todas las letras: “La exportación de capital, especialmente desde que tiene lugar en forma de capital industrial y financiero, ha acelerado enormemente la subversión de todas las viejas relaciones sociales y la difusión del capitalismo en todo el globo[10]. En las mismas tierras recién abiertas el capital importado (…) provoca la oposición creciente del pueblo cuya conciencia nacional ha despertado contra los intrusos (…). La vieja relación social sufre una revolución completa, la unidad agraria vieja de mil años, de las naciones <<sin historia>> se hace pedazos (…). El mismo capitalismo da gradualmente a los pueblos oprimidos los medios y el método para lograr su propia liberación”[11].

Rosa Luxemburgo, por su parte, en Introducción a la economía política (1909), dice refiriéndose al colonialismo: “De ese modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven diezmados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta, de uno u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial como esclavos u obreros. La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos en Asia; contra España y Francia en América, es la larga y tenaz resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y proletarización en manos del moderno capital, lucha de la que finalmente surge en todas partes el capital como vencedor. Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son recíprocamente productores y compradores de productos, trabajan unos para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo el globo.”

Lenin, en El imperialismo, última etapa del capitalismo, coincide con esta tesis: “La exportación del capital influye en el desarrollo del capitalismo en los países donde aquél es invertido, acelerándose extraordinariamente”. Dicha exportación de capitales “produce una extensión y un ahondamiento mayores del desarrollo del capitalismo en todo el mundo”[12].

Fritz Stenberg dice, refiriéndose al imperialismo inglés en la India: “Por ejemplo no fue la acumulación del capital hindú la que financió la construcción de los ferrocarriles de la India, sino el capital inglés. Inglaterra no esperó, antes de exportar todos los materiales necesarios para construir ferrocarriles en la India, a que ésta pudiera exportar a su vez suficientes mercancías de su propiedad para pagar materiales, y sus importaciones fueron en gran parte financiadas con exportaciones de capital inglés. Por lo tanto, hasta cierto punto, la exportación del capital inglés a regiones colonias aceleró el desarrollo económico de esos lugares, del mismo modo que lo hace la expansión capitalista en países políticamente independientes”[13].

El colonialismo integró las colonias al mercado capitalista mundial e integró en estado nacionales vastos territorios dispersos.

El Estado de la India independiente se edificó sobre la base del implantado de la época  colonial y hasta las fuerzas armadas hindúes independientes conservaron el uniforme y el equipo inglés. El colonialismo creó las bases para un desarrollo económico construyendo ciudades, rutas, puentes, represas, vías férreas, escuelas, hospitales, servicios postales, telégrafos, y un sistema bancario. El colonialismo desplazó en parte a la mitología y las supersticiones difundiendo la ciencia y la técnica, no por cierto por razones pedagógicas, sino estrictamente económicas: las inversiones en las colonias sólo eran productivas si se encontraba en las propias colonias personal calificado. El colonialismo constituyó, de ese modo, nuevas clases sociales, entre ellas una clase media culta de la que saldría precisamente la vanguardia de los movimientos de liberación. Burguiba, por ejemplo, estudia en las universidades francesas, y Nehru, uno de los líderes del tercermundismo, es un producto de la Universidad de Cambridge: hablaba con mayor perfección el inglés que cualquiera de los lectos hindúes. También el colonialismo difundió la ideología de la burguesía occidental fundada en la soberanía nacional, en la libertad de los ciudadanos, en el derecho. Esta ideología se convertiría finalmente en un arma en manos de los pueblos coloniales que exigirían su realización también entre ellos y se volvería en contra de los propios educadores. En África, el colonialismo trajo el fin de la trata de negros, destruyó las barreras tribales, lingüísticas y étnicas, terminó con las terribles guerras entre tribus, con las hambrunas cíclicas, con las enfermedades epidémicas. Dio un idioma escrito a los pueblos que sólo conocían una lengua oral. Sólo la relación entre las tribus dispersas hizo posible la aparición del nacionalismo africano. Como dice Ndabaningi Sithle, un líder africanista insospechable de “cipayismo”: “El nacionalismo africano del siglo XX es sin duda el fruto del colonialismo europeo”[14]. Molele Bennani, un filósofo argelino, dirá por su parte: “Las bayonetas de Europa han causado horribles heridas a la Humanidad, han hecho horribles llagas en la carne, pero al mismo tiempo han abierto brechas en las sociedades cerradas que estaban al margen. Y por esas brechas un viento nuevo, un viento regenerador, ha venido a vivificar las formas tradicionales, a reanimar una vida que se había detenido. En el momento en que se quieran analizar las causas históricas de estos <<renacimientos>> que han regenerado al mundo colonizado en el curso del medio siglo que acaba de pasar, se encuentra la influencia de Europa (…). Incluso bajo la forma abominable del colonialismo, la acción de Occidente ha reinstalado en el camino de la Historia a los pueblos que se habían evadido a regiones metafísicas.”

La historia progresa por el mal lado, y los altos costos humanos que ocasionó el colonialismo europeo no fueron al fin mayores que los que ocasionó la revolución industrial en la Europa Occidental: los obreros ingleses en los comienzos de la era del maquinismo no sufrieron menos que los pueblos coloniales.

El doble papel jugado por el imperialismo no se da tan sólo en las colonias y semicolonias asiáticas y africanas, sino también en los países dependientes de América Latina, aun en los más avanzados como la Argentina. El imperialismo mercantil inglés provocó en la Argentina un desarrollo económico deformado y orientado por los intereses de las metrópolis imperialistas, pero al mismo tiempo fue progresivo, destruyendo las formas precapitalistas que aún quedaban, como la artesanía casera del interior, y haciendo entrar al país en la órbita del capitalismo mundial, estableciendo vías de comunicación y transporte, incorporando máquinas y técnicas avanzadas, energía, las primeras industrias, y dando origen a nuevas clases como la pequeñoburguesía y el proletariado, de las que saldrán las vanguardias de las luchas sociales. Dejemos a los nacionalistas folklóricos que sigan alentando la ilusión retrospectiva acerca de los telares familiares de los patios norteños como germen de una industria textil nacional, ya Marx ha señalado que la industria manufacturera nace del capital comercial y no de la economía doméstica y artesanal, y el desarrollo del capitalismo se basa siempre en la destrucción de esas formas rudimentarias.

Algunos historiadores marxistas latinoamericanos han sabido ver el doble papel jugado por el imperialismo en el desarrollo del capitalismo local, aplicando correctamente la tesis clásicas de Marx. Rodolfo Puiggrós en 1945, cuando aún era marxista, señalaba “el papel altamente progresista en su etapa histórica y dentro de las condiciones imperantes en los países del Río de la Plata, como medio técnico puesto al servicio de una economía de desarrollo o, aún mas, como estímulo generador en el desarrollo de esa economía”. [15] En 1953 Puiggrós vuelve a hablar “del  doble papel que el imperialismo cumple a pesar de sí mismo: si por una parte oprime, deforma y exprime a los países poco desarrollados, como era el nuestro a mediados del siglo pasado, por la otra se ve en la necesidad de trasplantar su técnica, incorporar sus capitales, crear clase obrera, estimular el capitalismo nacional, gestar los elementos opositores que conducen a la liberación económica de los pueblos explotados por los monopolios”[16].

Nahuel Moreno sostiene también en 1948 la tesis del doble papel del imperialismo: “El imperialismo desarrolla y es el primer factor del desarrollo de explotaciones capitalista en los países atrasados. La baratura de la mano de obra, la proximidad de las fuentes de materia prima, la inexistencia de empresas modernas en los países atrasados, hace que las empresas imperialistas instalen sucursales fabriles de sus empresas en la Argentina”[17].

Un discípulo de Nahuel Moreno, Milcíades Peña, sostiene tesis similares: “Por otra parte, la subordinación al capitalismo europeo en aquella época del desarrollo del capitalismo mundial no era lo peor que podía ocurrirle a países agropecuarios. Marx consideraba progresiva esa subordinación”[18].

El boliviano Guillermo Lora dice por su parte: “La historia demuestra que la invasión del capital internacional –en la época en que se transformó ya en imperialismo- suplantó el trance doloroso de la acumulación originaria, lo que significa que una fuerza foránea ayudó a abreviar nuestra evolución”. [19]

Ismael Viñas ha desarrollado ampliamente la tesis del doble papel jugado por el imperialismo tanto en la etapa del capitalismo comercial como en la de los monopolios: “Si miramos el mapa de la Argentina y releemos su historia política y económica nos encontramos con que la zona donde el imperialismo (los capitales comerciales imperialistas y luego los capitales monopolistas) ingresó de modo más directo y total, es donde las relaciones de producción capitalista se han desarrollado de modo más amplio. El ejemplo máximo es la zona pampeana. En cambio, allí donde el imperialismo no actuó de modo directo ni ingresaron sus capitales, predominan formas de capitalismo atrasado. Y también la pobreza”[20].

El imperialismo no provoca, como sostienen los tercermundistas, el estancamiento total del país sometido, si así fuera, la Argentina, por ejemplo, tendría hoy el mismo grado de desarrollo que a fines del siglo pasado, cuando comenzó a penetrar el imperialismo. Por el contrario, el gran boom económico argentino se da en el 80, precisamente cuando entra el imperialismo. El imperialismo no trae subdesarrollo, sino un desarrollo deformado y unilateral. Que un país pueda tener un elevado desarrollo y al mismo tiempo estar sometido al imperialismo, lo prueban en forma flagrante los ejemplos de Dinamarca, Suiza, Noruega, Finlandia, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Brasil, México y la propia Argentina. En contraste puede probarse que los países verdaderamente subdesarrollados son precisamente los que han sido privados de todo contacto con las metrópolis imperialistas, por ejemplo: Afganistán, Birmania y Nepal en Asia, y Yemen en África.

Al acentuar el papel desarrollante del imperialismo no intentamos de ningún modo proporcionar argumentos favorables a su juicio póstumo. Los crímenes cometidos por el imperialismo, que llegan a veces hasta el genocidio, impiden cualquier forma de indulgencia. Pero una lucha eficaz contra el imperialismo no puede reducirse a la condena ética, debe ante todo conocer su verdadera naturaleza. La interpretación del imperialismo, distinta de la habitual, a la que adherimos en estas páginas, obliga necesariamente a modificar la táctica y la estrategia seguida por los tercermundistas y nacionalistas. Puesto que el imperialismo produce cierto tipo de desarrollo, no enfrenta por igual a todas las clases sociales del país dominado, como pretenden los tercermundistas, para justificar su política de frente nacional. Por el contrario, el imperialismo provoca, por una parte, la miseria de las masas populares y, por otra, el enriquecimiento de los sectores de la burguesía local ligados a él.


Industrialización e imperialismo

La concepción marxista del imperialismo que hemos descripto es negada por las concepciones tercermundistas y nacionalistas de izquierda –derivada en realidad de una vieja teoría de Kautsky-, según las cuales el imperialismo consiste en la explotación de los países agrarios por los países industriales, mediante el intercambio de materias primas por productos manufacturados. De ese modo el imperialismo, aliado a la oligarquía terrateniente, tiene interés en frenar la industrialización del país dependiente, manteniéndolo en su etapa agropecuaria y perpetuando con su condición de importador de productos manufacturados y exportador de materia prima. De acuerdo con esa concepción, en los países dependientes la burguesía industrial tendría intereses antagónicos con el imperialismo y, por lo tanto, sería una clase revolucionaria, antiimperialista. En nuestro país esta teoría es sostenida, con toda gama de matices, por los peronistas de izquierda -Hernández Arregui-, por los nacionalistas populistas -Scalabrini Ortiz, Jauretche-, por los desarrollistas -Frigerio, Frondizi-, por la llamada “izquierda nacional” -Ramos, Puiggrós- y también por el Partido Comunista.

Arturo Frondizi, por ejemplo, afirma: “Nuestra industria se desarrolla luchando especialmente (…) contra el capital extranjero, dado que éste querría mantener el mercado de importación para sus productos manufacturados[21]El nacimiento y constitución de la industria nacional genera así una conciencia industrialista que es una de las expresiones de la conciencia antiimperialista. Se pretende resucitar como misión argentina la de constituirse en <<granero del mundo>>, que no es otra cosa que la versión moderna de Canning, que asignaba a estas tierras la función de <<huerta>> alimenticia de la industrialización de la economía británica”[22].

Curiosamente, la izquierda nacional coincide con Frondizi. Dice Jorge Abelardo Ramos: “En un país semicolonial la industrialización cumple ante todo la función de debilitar la dominación imperialista  [23]. Para la industria oponerse al imperialismo es cuestión de vida o muerte. Cada paso que la burguesía argentina da en su desarrollo económico y en su política de industrialización le quema sus puentes para un retroceso considerable ante el imperialismo, se transforma en impulso motor para su aspiración nacional más profunda[24]. La industrialización de los países atrasado significará históricamente el fin del imperialismo mismo”[25].

El pasaje del imperialismo inglés al norteamericano fue un viraje muy brusco y no permitió a quienes, como Scalabrini Ortiz, habían sabido interpretar correctamente el período anterior –el imperialismo inglés- acondicionarse a la nueva situación -la dependencia del imperialismo norteamericano-. Es así como desde 1955 a 1958 -los años clave de la penetración del imperialismo norteamericano- Scalabrini Ortiz, en sus artículos del semanario de los industriales argentinos Qué, y Arturo Jauretche en el mismo periódico o en su folleto El plan Prebisch, siguen repitiendo los mismos ataques al imperialismo inglés, que eran perfectamente válidos en los años 30 pero que a partir de los años 50 han perdido toda vigencia y no dicen una palabra de la invasión de los monopolios norteamericanos. Honestos y sinceros luchadores antiimperialistas como Scalabrini Ortiz y Jauretche fueron, de ese modo, usados por los personeros del imperialismo norteamericano para distraer la atención. A Frigerio y los industriales argentinos que financiaban la revista Qué les interesaba mostrar al imperialismo inglés como el enemigo que impedía la industrialización del país, y no al norteamericano, que colaboraba en ella con grandes inversiones de capital colocadas en la industria nacional. La parte de verdad que tiene esta aseveración -el hecho efectivo de que el capital norteamericano se dirige a la industria- sirve para ocultar una falsedad absoluta: no hay tal competencia con el imperialismo inglés que ya se ha batido en retirada, y, por lo tanto, la industrialización del país ya no es una tarea revolucionaria ni antiimperialista, puesto que la realiza el mismo imperialismo.

Algunos tecnócratas de la burguesía argentina, como Raúl Prebisch, que en su momento expresaron la dependencia del imperialismo inglés, se adecuaban ahora a la nueva situación real y se convertían en portavoces de la dependencia de los monopolios norteamericanos. El nacionalismo populista no advirtió ese cambio y denunció al Plan Prebsich como un intento de recolonización del país por el imperialismo inglés. Sin embargo, a partir del golpe del 55 y de la puesta en marcha del Plan Prebisch, Inglaterra, que era el tercero de los principales abastecedores del país, pasa a ocupar el octavo lugar. La mayor parte de las compras en el exterior se realizan en Estados Unidos, y en tanto el intercambio comercial con Inglaterra arroja un saldo favorable a la Argentina de millones de dólares, el intercambio con Estados Unidos deja una deuda de  millones de dólares [26] .

Entre 1956 y 1957, en pleno auge del Plan Prebisch -es decir, de la recolonización del país por el imperialismo inglés según los nacionalistas populistas-, no se produce ninguna importante inversión del capital inglés, en tanto que los norteamericanos invierten 100 millones de dólares para siderurgia, 25 millones en industria y tramitan la inversión de 20 millones más[27].

Las tesis del imperialismo antiindustrialista sostenida por el nacionalismo populista eran válidas para la época del imperialismo inglés, y aun entonces relativamente, ya que el intercambio de productos manufacturado por materia prima se alternaba también con la inversión directa de capitales. Pero a partir de los años 50, con la entrada de capitales norteamericanos, el antagonismo entre industrial nacional e imperialismo es radicalmente falso, porque los capitales yanquis se dirigen sobre todo hacia las industrias de los países dependientes, creando nuevas industrias o asociándose con las ya existentes.

El bajo precio de la fuerza de trabajo, la protección de los gobiernos nacionales y la posibilidad de controlar el mercado interno son algunas de las ventajas que encuentran los monopolios para instalar industrias en los países atrasados.

El capitalismo yanqui, a diferencia de Inglaterra, no tiene industrias, como la textil, que se puedan perjudicar por la expansión de una industria similar en los países dependientes. Siendo maquinarias y herramientas la producción que más exporta, la industrialización de los países dependientes es favorable a sus intereses.

A medida que el capital imperialista se orienta hacia las industrias de los países dependientes, las burguesías pierden el control exclusivo de las industrias. La industria privada nacional es reemplazada por las joint ventures, o por las empresas mixtas, asociación de capital estatal nacional e internacional y capital privado también nacional e internacional. En esa asociación entre capital internacional y capital nacional es siempre el primero el que consigue predominar y controlar la empresa gracias al monopolio del know how, que mantiene a las burguesías nacionales de los países menos desarrollados en dependencia tecnológica con respecto a la burguesía de los países altamente desarrollados, principalmente Estados Unidos.

Por otra parte, la expansión del mercado interno no comporta ya una base para la expansión de la industria nacional, porque el capital internacional también se dedica al mercado interno. Más aún, la propia integración regional de los países dependientes no es ya como pretenden los tercermundistas, un medio de luchar contra el imperialismo, puesto que las corporaciones multinacionales también están interesadas en esa integración para dominar los mercados de los países vecinos. La filial brasileña de la fábrica italiana Olivetti vende máquinas de escribir a la Argentina, y la filial argentina de la Philips vende válvulas eléctricas a otros países latinoamericanos, y así sucesivamente.

La vieja tesis de la balcanización de los países latinoamericanos por el imperialismo, sustentada por el nacionalismo de izquierda, desde Haya de la Torre hasta Jorge Abelardo Ramos, podía tener cierta vigencia en otros tiempos, pero ya es completamente inactual, porque ahora los grandes monopolios tienen interés en mercados cada vez más amplios, lo que implica una integración continental.

Existen numerosos testimonios de los propios representantes de los monopolios norteamericanos que muestran flagrantemente cómo el imperialismo, lejos de tratar de detener la industrialización de los países dependientes, está interesado en ella. Así el presidente de la National Association of Manufactures dice: “No puede haber mayor falacia que la creencia de que nuestro comercio de exportación depende del retardo económico de otros países. El principal obstáculo que tenemos  en el comerció de exportación con América Latina es el bajo poder adquisitivo del pueblo. Ese mercado está creciendo no a través del incremento de la riqueza de materias primas, sino a través de la industrialización. La historia muestra que cuando el pueblo de cualquier país halla negocios lucrativos en la industria, crece su consumo, creando una mayor demanda de bienes extranjeros y nacionales. Los mejores consumidores no son los países predominantemente productores de materias primas, sino aquellos que han desarrollado industrias”.

Otro presidente la misma Asociación norteamericana dice por su parte: “No debemos temer la industrialización de otras naciones. No podemos detenerla,  sino que tiene definidas ventajas para nosotros. La industrialización de América Latina, por ejemplo, producirá más consumidores para los productos extranjeros.”

Un informe de 1943 producido por la misma Asociación dice: “Debe recordarse siempre que el valor económico del intercambio entre y otros países aumenta en proporción al desarrollo de los países con los cuales se intercambia. Existe la difundida opinión de que si las naciones que anteriormente tenían escasa o ninguna actividad industrial desarrollan una considerable industria, reducirán en consecuencia el mercado de exportación de las industrias norteamericanas. Sin embargo, ésta no es una consecuencia necesaria. Abundantes estadísticas demuestran que, a medida que aumenta la industria, aumenta también el poder de compra y con él la demanda de importaciones. Se sigue que por tanto que los esfuerzos para elevar los niveles de vida de los países atrasados mediante el uso más intensivo de sus recursos son beneficiosos para los Estados Unidos”.

Alberto Hirschman, miembro de la Junta de Gobierno de la Federal Reserve System, dice: “Posiblemente la razón más importante de nuestra falta de temores acerca de la industrialización en el extranjero residen en la composición de nuestras exportaciones. En contraste con un país como el Reino unido, nuestras exportaciones consisten típicamente en artículos que son adecuados sea para aumentar la producción (máquinas, herramientas u otros bienes de capital) o para niveles de ingresos elevados y crecientes (automóviles, y otros artículos durables). Por esta razón nuestras exportaciones no sólo no son amenazadas por la industrialización en el extranjero, por el contrario, ganan considerablemente con la expansión de la producción y la elevación de los ingresos en otras regiones del mundo. Esto contrasta marcadamente con lo que ocurre con aquellos países industriales cuyas exportaciones se basan fundamentalmente en artículos con textiles, cuya producción se halla entre las primeras que inician los países que se industrializan. Además, Estados Unidos exporta también en cantidades sustanciales materias primas industriales como algodón, petróleo, etc, y esas exportaciones ganan directamente con la expansión manufacturera en el extranjero.”

El senador republicano Roberto Taft proclamaba: “Apoyo el empréstito al Brasil para que este país construya su industria siderúrgica. Creo que esta política no sólo ayuda al desarrollo de aquél país, sino que a la larga contribuye también al crecimiento del comercio entre Brasil y Estados Unidos, y por lo tanto a nuestro propio éxito en este terreno”. [28]

Nelson Rockefeller dice en un informe: “Pero estas fuerzas de interdependencia económica están modificándose y deben modificarse. Un flujo constante de productos industriales en los dos sentidos debe sustituir al intercambio actual de bienes manufacturados contra materias primas”[29].

Por supuesto el imperialismo no tiene interés en desarrollar las fuerzas productivas de los países dependientes, sino en incrementar las ganancias, pero no puede existir explotación sin cierto grado de desarrollo. Por eso el imperialismo al mismo tiempo acrecienta la dependencia y las fuerzas productivas, por lo que el tipo de desarrollo dependiente es un tipo de desarrollo deformado, limitado, unilateral, y además lento por la succión de capitales hacia las metrópolis.

Ejemplificaremos el predominio del capitalismo internacional en la industria de los países dependientes con el caso de la Argentina, uno de los países más industrializados del Tercer Mundo. Ya en 1942 Adolfo Dorfman, la mayor autoridad en el estudio de la industria argentina, decía que los capitales imperiales constituyen la mitad del capital total de la industria argentina.

En 1910 los capitales extranjeros representaban el 36% de las inversiones en toda la industria argentina. Alrededor de 1937 el capital extranjero representaba algo más de la mitad del capital industrial. Entre los años 1921 y 1930 cuarenta y tres grandes empresas industriales. De 1931 a 1943 entran cuarenta y cinco empresas, concentrándose en las ramas de química, metalúrgica, de artículos eléctricos, y textiles.

Se podrá alegar que el capital extranjero controla un pequeño número de empresas, pero la concentración y la monopolización del capital industrial en nuestro país hacen que sea ese pequeño número el que ocupe a la mayoría de los obreros y arroje los mayores índices de producción.

La mayoría de las empresas industriales argentinas que llegan a cotizar en Bolsa están controladas por el capital extranjero, principalmente yanqui. Las principales empresas textiles -Fabril Financiera, Alpargatas, Masllorens, Textil Oeste, Sudamtex, Sedalana- están ligadas al capital extranjero; lo mismo ocurre con las principales empresas metalúrgicas -Siat y Artca-, con la industria química -Duperial-, con la celulosa y con la industria automotriz, que está íntimamente en manos yanquis e italianas[30].

En cuanto al capitalismo de Estado, ya hemos visto las estrechas ligazones en la rama de la siderurgia del capital estatal con el capital internacional a través de SOMISA.

El viejo imperialismo era mucho más fácil de detectar que el nuevo, ya que el capital extranjero está íntimamente ligado con el capital nacional y aun con el capital estatal. Esta asociación beneficia al imperialismo, ya que no paga derechos de aduana, recibe la misma protección que las industrias nacionales, se ve libre de amenazas de estatizaciones por regímenes reformistas, evade impuestos y consigue el apoyo de la burguesía local al compartir con ella las ganancias. En los años 20 y 30 era común que los miembros más prestigiosos de la oligarquía terrateniente figuraran el frente de los directorios de las empresas extranjeras: Joaquín Anchorena, personero de los capitales alemanes y norteamericanos, fue un caso típico. Ahora la oligarquía está en decadencia, y las grandes compañías prefieren ser presididas por militares de alta graduación. De ese modo las familias patricias y la institución del “estilo de vida argentina” dan una nota folklórica insospechadamente vernácula a la introducción de capital extranjero en nuestro país.

La división internacional del trabajo impuesta por el imperialismo tradicional ya ha dejado de tener vigencia, los monopolios imperialistas ya no se limitan a exportar productos manufacturados, sino que intervienen en las industrias de los países dependientes, y no solamente en la industria ligera, sino también en la industria de base. En Brasil, entre 1960 y 1964, las inversiones extranjeras en las industrias básicas fueron de 117 millones de dólares contra sólo 13 millones en la liviana, en tanto que en la Argentina la petroquímica, totalmente en poder de los monopolios extranjeros, pasó de una producción de 20 millones de dólares en 1962 a 200 en 1972[31].

El imperialismo no es un bloque homogéneo de intereses, y para analizarlo correctamente es preciso distinguir entre sus viejas y sus nuevas formas, así como también en los diversos grupos concretos de intereses a veces contrapuestos que lo componen.


Viejo y nuevo imperialismo

La decadencia del viejo modo de imperialismo “antiindustrialista” es provocada por el desplazamiento de los monopolios del sector extractivo, que explota materias primas en los países del Tercer Mundo –minería, petróleo y productos agrícolas- por parte de los monopolios de bienes de equipamiento industrial. Los monopolios extractivos y principalmente los que explotan petróleo están efectivamente interesados en frenar la industrialización de los países dependientes, ya que ésta provocaría el uso de las materias primas necesarias para las industrias. Por eso los monopolios del sector extractivo sostienen a los regímenes políticos más reaccionario y se oponen a todo tipo de nacionalismo burgués reformista e industrializador; no solamente por la competencia en el uso de la materia prima, sino porque la transferencia de ganancia en los monopolios extractivos es muy elevada y desequilibra constantemente la balanza de pagos, es por lo que los regímenes nacionalistas son siempre proclives a nacionalizarlos. Este tipo de monopolios extractivos de viejo cuño predomina en las regiones de Medio Oriente o del sudeste asiático, donde abunda el petróleo, o en los países de América Central, con grandes plantaciones. La Gulf Oil provocó el golpe militar que derrocó a Mossadegh en Irán, la United Fruit Company provocó el golpe militar que derrocó a Arbenz en Guatemala y los monopolios provocaron la invasión norteamericana a Santo Domingo en 1965.

Pero en la mayoría de los países donde intervienen los monopolios del sector extractivo junto con los monopolios de bienes de equipamiento industrial, son estos últimos los que consiguen hacer predominar sus intereses[32].

Los monopolios de los bienes de equipamiento no sólo no están en contradicción con la industrialización de los países atrasados, sino más aún están interesados en ella y son, por lo tanto, simpatizantes de los regímenes nacionalistas. Ernest Mandel ha visto esta relación entre el proceso de industrialización de los países atrasados y los monopolios de bienes de equipamiento: “La industrialización de los países coloniales y semicoloniales es un proceso irreversible. Socava uno de los pilares del antiguo sistema colonial: el papel de salida de los productos de consumición corriente que juegan los países retardatarios. Las exportaciones de estos productos provenientes de países imperialistas comienzan a bajar cada vez más, primero relativamente y después en cifras absolutas. Son, por lo tanto, los bienes de equipamiento los que reemplazan cada vez más las exportaciones de antiguo tipo, en tanto que los países subdesarrollados deben continuar proporcionando una sopapa de seguridad a las tendencias de superproducción periódica, inherentes a la economía capitalista. Esas exportaciones son compatibles con un grado de independencia política y social más grande de la burguesía colonial con respecto al imperialismo. Reclaman aun cierta medida la intervención acrecentada del Estado, el único capaz de fundar grandes empresas de industria pesada en los países subdesarrollados. En el seno de la burguesía imperialista, los intereses de aquellos que conciben la industrialización de los países subdesarrollados, como el refuerzo de una concurrencia potencial, chocan con los intereses de aquellos que la conciben sobre todo como la aparición de clientes potenciales. En general estos conflictos tienen tendencia a ser arbitrados en provecho del segundo grupo, que es el de los grandes monopolios nucleados sobre la producción de bienes de equipamiento”[33].

La dependencia económica del país atrasado pasa pues del “enclave” minero, petrolero  o agrícola, totalmente controlado por el capital imperialista y desvinculado del resto de la economía nacional, a la inversión industrial aliada al capitalismo nacional y al capitalismo de Estado. Claro que los monopolios de bienes de equipamiento no desplazan del todo a los monopolios extractivos, sino que ambos coexisten, pero el que tiene la hegemonía, de ahora en adelante, es el primero.

Por otra parte, no hay que descartar la coincidencia entre los monopolios de tipo “moderno” y los Estado burgueses de los países imperialistas, quienes para frenar la tendencia antiimperialista de los países dependientes alientan ciertas reformas de tipo capitalista. La burguesía imperialista necesita una burguesía local en los países dependientes que le sirva de aliado. Por eso es muy sintomático que los monopolios exportadores de bienes de equipamiento constituyen, al mismo tiempo, la fracción de la burguesía imperialista que dirige la política de “ayuda” al desarrollo de los países débiles.

Estas contradicciones entre dos grupos de monopolios, los del sector extractivo y los de bienes de equipamiento industrial, explican ciertas actitudes de otro modo inexplicable: un gobierno decididamente proimperialista y reaccionario como el del general Ovando en Bolivia nacionalizó, no obstante, empresas y monopolios extractivos como la Standar Oil, de New Jersey, y por otra se alienta la inversión de los monopolios de exportación. También se explica con la benevolencia con que la CIA trata a un gobierno que, como el peruano, pasa por ser nacionalista, antiimperialista y hasta semisocialista[34].

Cuando en cambio la CIA se movilizó para derrocar a un régimen también nacionalista burgués como el de Allende en Chile, no fue porque temiera su programa económico de nacionalizaciones que no era al fin sino una continuación de lo ya empezado por la democracia cristiana bajo el gobierno de Frei, sino porque el apoyo de masas con que contaba Allende amenazaba con desbordar los estrechos marcos del reformismo burgués, por ejemplo los gérmenes de consejos obreros en los cordones industriales, o los gérmenes de guardias rojas en los comités de vigilancia. No era el nacionalismo de Allende lo que temía el imperialismo que soporta muy bien el nacionalismo de Velasco Alvarado, sino la posibilidad de que éste pudiera transformarse en socialismo.

Las nuevas formas de dominación imperialista implican una nueva relación entre el imperialismo y las clases burguesas locales de los países dependientes. El viejo imperialismo se daba bajo en la forma de “enclave”, el imperialismo “moderno” se da en forma de asociación con las burguesías locales. El atraso de Perú hizo que el imperialismo adoptara allí la antigua forma de “enclave”, por lo que la burguesía peruana representada por sus fuerzas armadas trata de reemplazar la forma de imperialismo de “enclave” por la más moderna y flexible del “imperialismo de asociación”, tal como se da en los países dependientes más adelantados como México, Brasil y Argentina.

Otro de los aspectos que puede confundir en Perú es la reforma agraria. Pero hay que tener en cuenta que el campesinado indígena vivía en un sistema de autoabastecimiento, al margen del mercado capitalista. Al imperialismo le conviene una reforma agraria que forme una capa de pequeños propietarios agrícolas con cierto poder adquisitivo que les permita comprar los productos fabricados por los grandes monopolios. La expansión capitalista necesita la existencia de un mercado interno y éste necesita a su vez de una reforma agraria burguesa.

Además de la reforma agraria peruana existieron varios programa de reforma agraria llevados a cabo por gobiernos proimperialistas como el MNR y Barrientos en Bolivia o Bentancourt y Leoni en Venezuela, todo de ellos apoyados por el propio imperialismo yanqui a través de sus organización como la Alianza para el Progreso o el Consejo Interamericano de Económico y Social dependiente de la OEA. No debe olvidarse tampoco que en Japón la reforma agraria fue llevada a cabo en 1946 por imposición de las autoridades norteamericanas de ocupación.

La liquidación de las formas precapitalistas que traban el desarrollo de una economía capitalista coinciden con los intereses del imperialismo, por una parte, y por otra no perjudican los intereses de la burguesía local: el régimen de Velasco Alvarado indemniza a los gamonales cuyos latifundios se expropian con “bonos industriales”. Es decir, no se liquida a la burguesía, simplemente se la moderniza convirtiéndola de terrateniente en industrial.

Los tercermundistas y algunos candorosos izquierdistas latinoamericanos creen ver una lucha antiimperialista consecuente en el régimen de Velasco Alvarado, que no se propone sino un reajuste de los lazos de dominación y la sustitución de las formas de dependencia más retrógradas por otras más modernas. El antiimperialismo peruano se reduce al reemplazo de un sistema de dependencia que se había vuelto caduco, por impedir el desarrollo de las fuerzas productivas, por otro que impulsa el desarrollo dependiente.

Es ingenuo seguir sosteniendo, como lo hacen los apologistas del régimen peruano, que la nacionalización de una empresa minera extranjera o de una plantación constituye una derrota del imperialismo. El antiimperialismo consiste hoy en la expropiación de las grandes industrias con capital imperialista, lo que por supuesto no se proponen ni las burguesías nacionales ni los reformismos militares. Más aún, estos favorecen su implantación en forma directa dándole todas las garantías a los inversores o en forma indirecta haciendo que las indemnizaciones que cobran los monopolios extractivos al ser nacionalizados se dirijan hacia las industrias manufactureras. Además, la producción de materias primas y las industrias de capital extranjero radicadas en el país. Paradójicamente, hasta las nacionalizaciones sirven al imperialismo.

Hemos visto el interés del capital extranjero en fusionarse con las burguesías industriales locales, nos queda ahora por ver el interés que estas burguesías locales tienen en asociarse, por su parte, con el capital extranjero.

Los límites que existen para extraer plusvalía absoluta, es decir, al aumento del rendimiento de trabajo mediante la intensificación del ritmo o del aumento de horas, lleva a las burguesías a la búsqueda de la plusvalía relativa, es decir al aumento del rendimiento del trabajo, introduciendo maquinaria moderna. Las burguesías están interesadas, por lo tanto, en el progreso técnico, en la introducción de nuevas maquinas. Pero el monopolio de la técnica, el know how, lo detentan precisamente las naciones imperialistas, por lo que la necesidad de tecnología lleva inevitablemente a las burguesías locales a aliarse a los grandes monopolios. Una política autónoma de las burguesías de los países atrasados esté en contradicción con sus propios intereses: si intentara como en los períodos de reformismo populista –peronismo, varguismo, etc.- apoyarse en la clase obrera para oponerse al imperialismo, inevitablemente verá disminuida la plusvalía absoluta, ya que necesitará recurrir a una política de elevación de salarios y disminución de horas de trabajo y, por otra parte, tampoco podrá recurrir a la plusvalía relativa, ya que carecerá de la técnica necesaria –detentada por el imperialismo- que le permita aumentar las ganancias sin intensificar el uso de la fuerza de trabajo. A la burguesía industrial no le queda, pues, otra salida que aceptar su papel dependiente de los grandes monopolios y tratar de asociarse con ellos en las mejores condiciones, y eso es precisamente lo que comenzó a hacer en los últimos años de la década del 50, cuando se asistió en América Latina a la caída de todos los regímenes nacionalistas burgueses. Los intentos de la burguesía mediana de volver a un capitalismo autónomo son rápidamente derrotados por los sectores hegemónicos de la gran burguesía que propicia la alianza con el imperialismo: tal el intento del gobierno radical de Illía derrotado por el golpe de Onganía, decididamente ligado a los monopolios.

Por su parte, las contradicciones entre la gran burguesía aliada al imperialismo y la burguesía mediana supuestamente independiente, no son tan grandes. La burguesía mediana depende también, aunque indirectamente, del imperialismo en su calidad de compradora o vendedora de los grandes monopolios. La burguesía mediana, que se vio representada en sus intereses por el nacionalismo peronista, no vaciló en plegarse al desarrollismo de la gran burguesía aliada al capital internacional, aunque muchos de ellos sucumbirían en el nuevo curso. No es extraño que todos los movimientos de la burguesía mediana terminen por subordinarse al imperialismo: APRA, Acción Democrática, MNR y peronismo.

Se produce, de ese modo, una modificación sustancial de la alianza de clases en los países dependientes: la burguesía industrial en la etapa inicial de la industrialización se había aliado con la clase obrera en sus choques contra la oligarquía terrateniente y el imperialismo, y en su necesidad de realizar mejoras sociales que permitieran ampliar el mercado interno. Ese tipo de relaciones de clase está hoy completamente superado.

La burguesía industrial ya no juega  un papel progresista porque ya no tiene que luchar por la industrialización del país; ahora la industrialización ya está hecha, y nadie se opone a ella; por el contrario, el imperialismo la auspicia, y la oligarquía ha aceptado su rol secundario.

El caleidoscopio social gira formando nuevas figuras con elementos que parecían inalterables.

Las viejas alianzas y las viejas oposiciones de clase se han deshecho para dar paso a otras nuevas. La vieja alianza de la oligarquía terrateniente con el imperialismo inglés en contra de la burguesía industrial y la clase obrera se ha destruido para dar paso a una nueva alianza entra la burguesía industrial, la oligarquía terrateniente y los monopolios norteamericanos, donde la única oposición la constituyen las clases populares, clase obrera y clase media baja. La burguesía industrial  ya no es una clase social ascendente que necesita para afianzarse del apoyo de la clase obrera, ahora es la clase hegemónica y se enfrenta, como en cualquier país industrial, con la clase obrera. Las condiciones objetivas que hicieron posible  una alianza de clases entre la burguesía industrial y la clase obrera a través de los regímenes bonapartistas, no existe ya y es imposible cualquier vuelta afortunada al populismo[35].

Si las condiciones objetivas para la instauración de un régimen populista ya no existen, en cambio siguen en vigencia las condiciones subjetivas para la supervivencia de una ideología populista. Abandonado como lo hemos visto por la burguesía industrial, el populismo antiimperialista es retomado por sectores radicalizados de la pequeñoburguesa. Veamos el ejemplo de la Argentina. En la etapa clásica del populismo –primera época del peronismo, 1945-1955- la clase media, todavía ligada a la ideología liberal de la oligarquía y resentida ante el ascenso de la clase obrera, constituyó la base de masas de la oposición al peronismo. Pero después de la caída de Perón y ante el avance de los grandes monopolios que inevitablemente provocan la proletarización de la pequeñoburguesía, ésta descubre de pronto el fenómeno del imperialismo y comienza a revalorizar tardíamente al peronismo. Por su especial ubicación intermedia entre la burguesía y el proletariado, la pequeñoburguesa  está predispuesta a aceptar posiciones intermedias, centristas, equidistantes, entre la izquierda y la derecha. Frente a los dos aspectos de la contradicción, la pequeñoburguesía, cree encontrar siempre una tercera salida. Tiene arrebatos anticapitalistas, pero sin dejar por ello de ser capitalista. Quisiera destruir la parte “mala” del capitalismo, es decir la que la lleva la miseria por el proceso de concentración del capital, pero conservado la parte "buena", la que le permite aspirar al ascenso social. Frente a la lucha de clases, la pequeñoburguesía pretende actuar de árbitro social por encima de las clases, frente a la lucha entre el socialismo y el capitalismo elegirá la tercera posición. El bonapartismo populista tendrá, pues, características que lo hacen adecuado a la ideología pequeñoburguesa. Su concepto de estado neutro en el plano internacional frente a los dos supuestos “imperialismos”, permiten al pequeñoburgués identificarse con el Estado bonapartista.

Los elementos de una ideología auténticamente revolucionaria como el antiimperialismo, son distorsionados en el populismo pequeñoburgués y adecuados a posiciones típicamente pequeñoburguesas. La alternativa frente a los monopolios no es, para ellos, el socialismo, sino el “socialismo nacional”, es decir, el capitalismo nacional autónomo. Pero el capitalismo nacional autónomo no es sino una creencia idealista utópica, porque implica un giro hacia atrás de la rueda de la historia, una vuelta al pasado, a la etapa de la libre competencia, previa al capitalismo monopolista. El pequeñoburgués quiere atrasar el reloj, detener la concentración del capital, hacer que los grandes monopolios retrocedan, y volver a los tiempos idílicos de las pequeñas empresas familiares, los pequeños comercio, los pequeños talleres, las pequeñas granjas, al desarrollo autónomo sin contradicciones y sin lucha de clases.

La única forma de desarrollo progresivo del capitalismo que existe en la actualidad es la que lleva a la centralización, concentración y monopolización, y este desarrollo provoca inevitablemente la ruina de la burguesía media y de la pequeñoburguesia independiente. Defender la pequeña empresa contra la gran empresa monopolista, lo mismo que defender a la burguesía nacional contra la burguesía internacional, es ir en contra de la evolución ineluctable del capitalismo de nuestros días. Si el capitalismo monopolista comienza a ser una traba para el progreso, la única alternativa para salir de él es socialismo y no el capitalismo pequeñoburgués y nacional que es una etapa anterior y superada.

Un ejemplo clásico de “antiimperialismo” pequeñoburgués –el del aprismo peruano- nos permitirá mostrar cómo este tipo de reformismo populista de clase media, lejos de tener el sentido progresista que pretenden darle las llamadas “izquierdas nacionales” –Jorge Abelardo Ramos, por ejemplo, es un admirador de Haya de la Torre-, constituye, por el contrario, un movimiento profundamente reaccionario y utópico.

El aprismo no es una reacción frente al atraso y estancamiento que según la visión tercermundista provoca el imperialismo, sino que, por el contrario, surge como consecuencia del desorden y la decadencia provocados en ciertas clases sociales por el desarrollo que trae la introducción del imperialismo en los países atrasados.

En efecto, la aparición de grandes corporaciones extranjeras dedicadas a la explotación de las industrias agrícolas –azúcar y algodón-, mineras y petroleras, y también aunque en menor medida la producción de artículos manufacturados para el mercado interno en el Perú de los años 20 y 30, tuvo efectos destructivos sobre la estructura rural y preindustrial de la sociedad peruana. La estructura de clases se modificó profundamente: al mismo tiempo que se desarrollaba una clase obrera, la clase media tradicional se deterioraba, los agricultores independientes y pequeños granjeros se reducían a medida que se expandían las grandes haciendas de azúcar y algodón. Los pequeños comerciantes fueron eliminados por los almacenes de las grandes haciendas que vendían artículos de consumo a sus empleados y obreros. Es así como las zonas en donde predomina el aprismo son precisamente aquellas que, en las primeras décadas del siglo, experimentaron un desarrollo que rompió con el sistema tradicional de dominación rural, y es en cambio débil en las zonas donde la estructura tradicional está menos afectada por la expansión económica [36].

Pequeños comerciantes, artesanos, ex pequeños propietarios convertidos ahora en empleados de las grandes compañías extranjeras, así como también algunos sectores de la antigua aristocracia terrateniente desplazada por el capital extranjero, todos aquellos que encuentran la causa de su decadencia en la entrada del imperialismo, serán los clientes del aprismo. Haya de la Torre es un ejemplo típico de la clase alta venida a menos que se rebela contra el nuevo proceso económico.

Los líderes del aprismo son perfectamente conscientes de este contenido de clase del movimiento. Haya de la Torre decía: “El monopolio que impone el imperialismo no puede sino conducir a la destrucción, al estancamiento y a la regresión de lo que genéricamente se denomina clase media … el imperialismo subyuga o destruye económicamente a las clases medias de los países atrasados en los cuales se instala; son los intereses del pequeño capitalista, del pequeño industrial, del pequeño minero, del pequeño campesino, del intelectual y del empleado de la clase media los atacados por el imperialismo” [37].

Luis Alberto Sánchez, por su parte, dice: “Sin imperialismo, la clase media hubiera subido al poder en América Latina”[38].

Manuel Seone dice: “… el pequeño propietario agrícola no tiene capitales, ni técnica, ni relaciones en el mercado mundial para poder competir con la poderosa empresa imperialista. Entre las lerdas pezuñas que arrastran el arado de palo del propietario agrícola nacional y la fría fuerza del tractor mecánico de la gran empresa, media un abismo histórico reflejado en una contienda que se resuelve siempre a favor de la técnica más depurada… Igual ocurre con el pequeño propietario minero sin capitales, sin fundiciones, sin medio de transporte ni conexiones con los lugares de venta. Igualmente el imperialismo estrangula al pequeño comercio, utilizando sus crédito más amplios, su mejor propaganda y la facilidad para imponer precios reducidos merced al volumen de productos con que opera”[39].

Seoane expone con toda ingenuidad el carácter retrógrado  del antiimperialismo pequeñoburgués, se trata de reivindicar al viejo arado o el telar domestico frente al tractor o al telar mecánico que trae el imperialismo.

QUE TODOS LOS MOVIMIENTOS POPULISTAS LATINOAMERICANOS –APRA, FORJA, ETC.- SE OPONEN AL IMPERIALISMO, EN LA MEDIDA EN QUE SE OPONEN, SIN SABERLO, AL INEVITABLE DESARROLLO CAPITALISTA, LO PRUEBA LA SIMILITUD QUE TIENE CON EL MOVIMIENTO POPULISTA NORTEAMERICANO DE FINES DEL SIGLO XIX, de los pequeños agricultores independientes (farmers) del sur y oeste de Estado Unidos que ven amenazada su situación por el avance del capital financiero –no de ningún país extranjero, sino de su propio país- Y TRATAN DE OPONERSE AL PROCESO DE MONOPOLIZACIÓN DE LA ECONOMÍA NORTEAMERICANA DONDE UNA MINORÍA DE GRANDES EMPRESAS INDUSTRIALIZADAS Y MECANIZADAS ACAPARA LA PRODUCCIÓN AGRÍCOLA Y ARROJA A LA MISERIA A LOS PEQUEÑOS AGRICULTORES INDEPENDIENTES. Como los populistas del Tercer Mundo, los populistas norteamericanos demandan la nacionalización de los servicios públicos. Porque son antimonopolistas pero no anticapitalistas, enemigos del nuevo proceso de desarrollo y nostálgico de los “buenos tiempos viejos”, estos movimientos pequeñoburgueses son siempre más regresivos que progresivos y esencialmente utópicos.

El capitalismo nacional autónomo sólo puede darse transitoriamente en determinadas circunstancias: en la Argentina, por ejemplo, durante las dos guerras mundiales que obligaron a la burguesía local a realizar una industrialización sobre la base de la sustitución de importaciones, o en el interregno que se produce al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el imperialismo inglés abandonaba el país, y el imperialismo norteamericano no había entrado aún, y, en general, en el momento inicial de la industrialización del país, cuando todavía había muchos huecos para que ocuparan las pequeñas empresas. Ese capitalismo de pequeña y mediana burguesía sirve de base a las experiencias populistas como el peronismo, ya que dependiendo exclusivamente de la expansión del mercado interno, está interesado en mejorar las condiciones de vida de las masas populares, virtuales consumidores de los productos nacionales. El populismo actual sigue creyendo en la posibilidad de repetir esta experiencia que tanto éxito tuvo en la época de apogeo del peronismo. Pero las circunstancias son muy distintas. En la época de la concentración y de la centralización del capital, los grandes monopolios destruyen inexorablemente a las pequeñas empresas nacionales. Por otra parte, los grandes monopolios se dedican a la fabricación de bienes de consumo durables destinados exclusivamente a las clases altas, y se desinteresa, por lo tanto, de las clases populares consumidoras de bienes no durables. Puesto que el mercado consumidor del capitalismo monopolista no es de grandes masas sino de pequeñas élites, no hay ya ningún interés en practicar la “justicia social”, el distributivismo que caracterizó a los movimientos populistas en la etapa de la industrialización incipiente, necesitada de la expansión del mercado interno.

Además, las necesidades de la acumulación primitiva del capital son contrarias a una política distributivista. Al impulsar el consumo masivo, el peronismo de 1945 atrasó en cierto modo la reproducción del capital, no impulsó la renovación y modernización del capital fijo, descuidó la industria de base y la infraestructura energética. La necesidad de acumulación de capital impelía también a la burguesía argentina a abandonar la industrialización destinada al mercado interno de grandes masas.


Dependencia política y dependencia económica

Ya hemos visto en el primer capítulo las diferencias existentes entre los países coloniales, semicoloniales y dependientes, y cómo sólo en los dos primeros se plantea la autodeterminación nacional. La liberación nacional dejo de plantearse en América latina cuando terminaron las guerras de independencia en el siglo XX y se constituyeron en estados nacionales autónomos con una clase dirigente local. La analogía histórica con los países coloniales y semicoloniales con Asia y África es, por lo tanto, radicalmente falsa. Por otra parte, salvo raras excepciones, la lucha por la liberación nacional ya dejó de plantearse en Asia y África desde el día siguiente en que las clases dirigente locales se constituyeron en Estado separados y los ejércitos imperialistas abandonaron el territorio ocupado.

Las revoluciones nacionalistas burguesas triunfaron en los países coloniales y semicoloniales –en América latina en el siglo XIX, en el Asia y África en el siglo XX- logrando su objetivo de independencia política y constituyéndose en estados autónomos, pero ninguno de ellos logró la independencia económica. Del mismo modo como América Latina dejó de ser una colonia política de España para pasar inmediatamente a depender económicamente de Inglaterra; Asia y África dejaron de ser colonias políticas de los imperios europeos para pasar a depender económicamente de los mismos países de los que se habían emancipado. Argelia, por ejemplo, que es uno de los países descolonizados más radicalizados, depende, sin embargo, de la economía francesa. El nacionalismo burgués no logra la independencia económica porque siendo el capitalismo un sistema mundial unificado, siendo el imperialismo la forma que adopta el capitalismo en nuestra época, sólo es posible romper con la dependencia económica rompiendo con el sistema capitalista, lo que por supuesto no se proponen las burguesías nacionalistas ni aun las más revolucionarias como la argelina.

La independencia económica, la autarquía en la época de la economía mundial impuesta por el imperialismo, es un mito pequeñoburgués. No solamente en los países atrasados, sino aun en las grandes potencias, la independencia económica es relativa, pues la internacionalización creciente de las fuerzas productivas supera hoy los marcos nacionales. Cuando más desarrollada y compleja es una economía, tanto más depende del mercado mundial, que no es una simple suma de mercado nacionales sino una unidad orgánica superior.

La absoluta imposibilidad de la creación de un “socialismo nacional” en la época del capitalismo internacional, ya había sido señalada por Marx en la crítica al punto 5º del programa de Gotha: “Es absolutamente claro que, en general, para poder luchar, la clase obrera debe organizarse en su misma casa como clase, y que el propio país es el teatro inmediato de lucha. En este sentido la lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino como dice el Manifiesto Comunista <<por su forma>>. Pero el <<cuadro del Estado nacional actual>>, por ejemplo el Imperio Alemán, entra a su vez económicamente en el <<cuadro>> del mercado universal, y políticamente está colocado en el <<cuadro>> del sistema de los Estados. Cualquier comerciante experto sabe que el comercio alemán es también comercio exterior, y la grandeza de Bismarck consiste precisamente en que practica una forma de política internacional”. [40] LA MAYOR PARTE DE LA IZQUIERDA ACTUAL QUE SE CONSIDERA MARXISTA, OLVIDA ESTA CRÍTICA DE MARX Y VUELVE A SOSTENER LA TESIS DEL PUNTO 5º DEL PROGRAMA DE GOTHA SOBRE LA REALIZACIÓN DEL SOCIALISMO DENTRO DE LOS MARCOS NACIONALES.

Aun el posible triunfo del socialismo en un país rico no conseguiría suprimir sus relaciones con la economía mundial y su relativa dependencia de ella. Si el país socialista mantiene y profundiza la especialización de su producción, se somete a las leyes de la economía capitalista mundial; si por el contrario elige el difícil camino de la autarquía, está obligado a fabricar productos a precios más altos que procurándoselos mediante el intercambio, lo que significa un retroceso económico con respecto al capitalismo, cuyo mérito ha sido la universalización de las fuerzas productivas. Cualquiera que sea el camino que elija el supuesto “socialismo nacional” no lleva a la abundancia sino a todo lo contrario. El socialismo es internacional o no es, sólo a nivel mundial se puede lograr una armoniosa complementación de las economías locales socializadas.  La economía mundial es la realidad económica última y autónoma, y las relaciones de producción mundial condicionan el desarrollo de las fuerzas productivas de cada país.

Volviendo al nacionalismo burgués, debemos reconocer que tiene su razón de ser allí donde solo se plantea la independencia política, pero está destinado al fracaso donde lo único que se plantea es la independencia económica. Puesto que la independencia política ya ha sido lograda en la mayor parte de los países del mundo, el nacionalismo burgués se ha quedado sin tareas: ya no tiene vigencia en ninguna parte, aunque se sobreviva y hasta logre resurgimientos espectaculares pero momentáneos.

Lenin, cuyas tesis sobre la autodeterminación nacional son frecuentemente citadas por los nacionalistas de izquierda, dejó bien aclarada la diferencia existente entre dependencia política y dependencia económica, y, al poner como ejemplo de ésta ultima precisamente a la Argentina, llega a la conclusión que la autodeterminación nacional sólo se plantea en los países políticamente dependientes: “La <<anexión>> económica es plenamente <<realizable>> sin la anexión política y tiene lugar a menudo. En la literatura sobre el imperialismo encontraréis a cada paso informaciones tales como: La Argentina es en realidad una <<colonia mercantil>> de Inglaterra, etc. Y es verdad: la dependencia económica de los bancos ingleses, las deudas de Inglaterra, la adquisición de ferrocarriles locales por parte de Inglaterra, de las minas, de tierras, etc., todo ello convierte a los países mencionados en <<anexiones>> de Inglaterra en el sentido económico, sin violación de la independencia política de tales países. Con el nombre de autodeterminación de las naciones se denomina su independencia política”[41].

El grado de dependencia económica de un país está sometido dado a su vez por el nivel económico alcanzado por el país sometido. Ya vimos cómo las formas atrasadas de la producción asiática o de subsistencia de ciertas zonas del Tercer Mundo son la causa de su posterior transformación en las colonias y semicolonias.

La dependencia económica sin dependencia política se da, en cambio, en aquellos países como la Argentina, donde existe un desarrollo capitalista y una clase burguesa local. En estos países el imperialismo no penetra a cañonazos, sino por la puerta que le abre la propia burguesía local. Esta burguesía no es lo suficiente fuerte para realizar la acumulación del capital sin el apoyo del capital extranjero, pero a la vez es lo suficientemente fuerte para defender sus intereses particulares y no permitir el avasallamiento total del país, los que significaría la pérdida del control sobre el Estado nacional y la consecuente desaparición de sí misma como clase dirigente. Es decir que, al mismo tiempo que se somete gustosamente a la dependencia económica, la burguesía local se resiste a cualquier intento de dependencia política. El ejemplo típico de esta actitud del nacionalismo burgués en la Argentina del siglo XIX es Rosas, quien, por una parte, fomentaba la penetración comercial de sus amigos los ingleses y, por otra, los frenaba cuando éstos se extralimitaban y trataban de avasallar la soberanía política, como cuando ocurrió durante el bloqueo anglofrancés de 1844-45. El aparente antiimperialismo que, en determinadas ocasiones, ostentan las burguesías locales de los países dependientes no se propone por supuesto la liberación económica, sino un mero reajusta en las relaciones de dependencia, una mayor participación en el reparto de la plusvalía.

La distinción entre países coloniales, semicoloniales y dependientes puede parecer a los tercermundistas, que los confunden a todos bajo la denominación común de “coloniaje”, una ociosa sutileza bizantina. Por el contrario, esta distinción es esencial porque de ella depende la estrategia de las luchas revolucionarias: en las colonias y en las semicolonias se plantea la liberación nacional, es decir, una lucha por la independencia política, en la que están por igual interesadas las masas populares y las burguesías locales, pero en los países políticamente independientes y económicamente dependientes no se plantea la liberación nacional, la revolución antiimperialista por la autodeterminación nacional que ya se ha conseguido. No hay, por lo tanto, una etapa democráticoburguesa, ni una burguesía nacional revolucionaria. Según el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de los países más atrasados, se tratará de una revolución permanente donde, bajo la hegemonía del proletariado, la revolución democrática y agraria contra los restos precapitalistas será continuada inmediatamente por la revolución socialista sin solución de continuidad. En los países más adelantados como la Argentina, Brasil o México, donde ya no existen restos de economía precapitalista, y no hay, por tanto, tarea democráticoburguesa que realizar, se trataría de una revolución socialista directa sin fases intermedias si se dispusiera de la ciencia y la tecnología necesaria –cibernética, automatismo- para la administración socializada de la economía. En general, puede decirse que las condiciones objetivas para el socialismo en los países más adelantados del Tercer Mundo son más favorables que en la Rusia de 1917 con formas precapitalistas en el campo, con un gran atraso cultural, con una industria poco desarrollada y un proletariado escaso. En la Argentina, por ejemplo, el desarrollo capitalista es esencialmente industrial. Según el censo de 1963, hay un 58,6% de manufacturas contra un 30,8% de producción agraria, con un predominio de la gran empresa sobre la pequeña. En cuanto al campo, está también organizado en forma de explotación capitalista, siendo insignificante los resabios precapitalistas.

A pesar de todo esto, tanto el peronismo de izquierda como la izquierda nacional, como el partido comunista argentino, como algunos grupúsculos de izquierda con diversos matices y diferencias secundarias, siguen calificando a la Argentina y, en general, a los países del Tercer Mundo, como colonias y semicolonias y además como capitalismos atrasados donde predominan formas precapitalistas. LA MAYORÍA DE LAS IZQUIERDAS LATINOAMERICANAS, QUE NO PASAN EN REALIDAD DEL NACIONALISMO Y DEL REFORMISMO, SIGUEN PLANTEANDO LA NECESIDAD DE LA LIBERACIÓN NACIONAL, DE LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICOBURGUESA, ANTIIMPERIALISTA Y AGRARIA, COMO ETAPA PREVIA A LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y ANTICAPITALISTA, ES DECIR, LA CLÁSICA TESIS MENCHEVIQUE-STALINISTA DE LA REVOLUCIÓN POR ETAPAS. LA DIFERENCIA ENTRE ESTAS DISTINTAS EXPRESIONES POLÍTICAS ESTÁ EN LOS ALIADOS DE CLASE QUE BUSCAN PARA REALIZAR LA ETAPA DEMOCRÁTICOBURGUESA: SE TRATA DE DISCUTIR SI LA BURGUESÍA NACIONAL ENTRA O NO EN EL FRENTE IMPERIALISTA Y SI JUEGA O NO EL PAPEL HEGEMÓNICO.

Del mismo modo que el concepto de clase es sustituido por el de “pueblo”, el concepto de capitalismo es sustituido por el de imperialismo, que ya no es, para los tercermundistas, la última etapa del capitalismo, sino algo distinto. Se asimilan para ello al imperialismo actual otras formas de imperialismo anteriores al capitalismo, tratando de mostrar que el imperialismo es algo así como una esencia eterna e inmutable –el espíritu del Mal- contra la cual luchan los pueblos desde el comienzo de la humanidad. Si para Marx “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, para Perón, por el contrario, “la historia de los pueblos, desde los fenicios hasta nuestros días, ha sido la lucha contra los imperialismos… El devenir histórico ha sido siempre la lucha por liberarse de los imperialismos, que sucesivamente han venido dominando a lo largo de todos los tiempo”[42].

Sólo ignorando las diferencias entre las distintas formas económico-sociales puede amalgamarse al imperialismo del capital monopolista de nuestros días con el mercantilismo del siglo XIX, y más aún con las conquistas militares de los pueblos antiguos, donde podía darse el caso, inconcebible en el imperialismo actual, de que las sociedades atrasadas dominaran a otras más adelantadas, tal la colonización macedónica. Ya Lenin, contestando de antemano a Perón, advertía que esas generalizaciones abusivas, como la de comparar a la “gran Roma con la Gran Bretaña”, se “convierten inevitablemente en trivialidades vacuas o en fanfanorrerías”[43].

El nacionalismo burgués de los países dependientes está interesado en mostrar que el imperialismo es un fenómeno de dependencia externa impuesta a los pueblos sometidos desde afuera y por la fuerza. Por lo tanto, todas las clases nacionales –burguesía o proletariado- constituirían un solo bloque homogéneo –el “pueblo” o la “nación”- interesado en romper con la dependencia mediante una política independiente y el desarrollo de una economía autónoma. El nacionalismo burgués considera como dos realidades absolutas y separadas a la “Nación” por un lado y al imperialismo por otro cuando no son sino dos partes indisolublemente unidas de un mismo proceso histórico: el sistema capitalista mundial.

Un avance importante para la comprensión del imperialismo ha sido dado en las ciencias sociales latinoamericanas, principalmente por André Gunder Frank y por Theotonio dos Santos[44], al mostrar que el imperialismo es una condición interna de la sociedad dependiente que no está sólo afuera del país, sino también adentro, bien engarzado en la estructura económica del país, indisolublemente asociado a la burguesía local que, por lo tanto, acepta consciente y voluntariamente la dependencia. Esto es tan evidente que algunos tercermundistas deben recurrir a la sofística argumentación extraída del arsenal “desarrollista”, según la cual el capital extranjero que se radica en un país dependiente deja de ser capital imperialista y pasa a ser capital nacional. Desde Frigerio y Frondizi en 1958 hasta Perón de 1973, ya de vuelta de sus ilusiones nacionalistas, la liberación pasaría por la radicación de capitales extranjeros en el país y su asociación con capitales nacionales.

LAS BURGUESÍAS DEPENDIENTES NO PUEDEN LUCHAR CONTRA EL CAPITALISMO INTERNACIONAL PORQUE PARA ESO HARÍA FALTA LUCHAR CONTRA EL CAPITALISMO NACIONAL QUE ESTÁ LIGADO A AQUÉL, LO CUAL SIGNIFICARÍA UNA AUTODESTRUCCIÓN POR LA QUE NINGUNA CLASE SOCIAL TIENE VOCACIÓN. No se puede ser antiimperialista sin ser a la vez anticapitalista, porque la lucha antiimperialista es, a la vez, una lucha de clases y sólo puede ser llevada a cabo por el proletariado, la única clase virtualmente no interesada en el capitalismo. No existe, como pretenden los tercermundistas, una oposición entre la revolución anticapitalista pura –tal como sólo podría darse en las metrópolis- y una revolución antiimperialista –tal como debería darse en los países dependientes-, es decir, la oposición entre un socialismo puro abstractamente internacionalista y un “socialismo nacional”. Esta oposición es falsa, la lucha imperialista remite a la lucha por el socialismo y viceversa.

Los tercermundistas sostienen que sólo se puede encarar la lucha de clases cuando existe una burguesía autónoma; por el contrario, es preciso luchar contra la burguesía local precisamente porque no es autónoma, porque está asociada al imperialismo, porque no existe alternativa burguesa nacional.

La contradicción entre la burguesía nacional local de un país dependiente y la burguesía internacional del país imperialista por el reparto de la plusvalía extraída a la clase obrera es una contradicción secundaria porque ambas, antes que en sus roces, están interesadas en el mantenimiento de la sociedad capitalista y en el dominio de la clase trabajadora. La contradicción principal es, pues, LA BURGUESÍA NACIONAL E INTERNACIONAL Y LA CLASE TRABAJADORA. LOS TERCERMUNDISTAS, POR EL CONTRARIO, SOBREVALORAN LA CONTRADICCIÓN SECUNDARIA –ENTRE LA BURGUESÍA LOCAL Y EL IMPERIALISMO-, DÁNDOLE CATEGORÍA DE PRINCIPAL Y SUBVALORAN LA CONTRADICCIÓN PRINCIPAL –ENTRE CAPITAL Y EL TRABAJO-, ASIGNÁNDOLE LA CATEGORÍA DE SECUNDARIA.

Para el tercermundismo, la burguesía y el proletariado de los países dependientes tienen intereses comunes contra el imperialismo. Más aún, ni siquiera puede hablarse de “burguesía” y de “proletariado”, términos que sólo serían válidos para las metrópolis imperialistas: en el Tercer Mundo sólo podría hablarse de “pueblo” o “nación” enfrentados con el imperialismo. El tercermundismo no puede ser, por lo tanto, la doctrina de un partido de clase, sino de un movimiento POLICLASISTA como es el peronismo. El papel que le correspondería a la clase obrera dentro de ese frente nacional sería al apoyo al “Empresariado Nacional”, contribuyendo al desarrollo de las fuerzas productivas nacionales. El proletariado deberá, por lo tanto, renunciar a su fisonomía propia, a la autonomía política, para perderse en la heteronomía de la conducción burguesa y de la ideología nacionalista.

Aun admitiendo que existan contradicciones entre el obrero y el patrón, para los tercermundistas éstas deben ser pospuestas para cuando se resuelva la contradicción fundamental entre la nación y el imperialismo.

Un típico representante del nacionalismo populista, como Scalabrini Ortiz, dirá claramente: “… EXISTE, AL MISMO TIEMPO, UN LAZO COMÚN ENTRE EL OBRERO ARGENTINO Y EL PATRONO ARGENTINO. ES LA NECESIDAD DE QUE LA FÁBRICA ARGENTINA EXISTA Y SUBSISTA. SI LA FÁBRICA ARGENTINA ES DESTRUÍDA PORQUE MOLESTA CON SU COMPETENCIA A LA FÁBRICA EXTRANJERA, EL PATRONO SE QUEDA SIN SU PROPIEDAD Y EL OBRERO ARGENTINO SIN SU TRABAJO. ESA COINCIDENCIA ES EL LAZO NACIONAL QUE UNE AL PATRONO Y AL OBRERO POR ARRIBA DE SUS ANTAGÓNICOS PUNTOS DE VISTA SOCIALES.” [45]

Para Arturo Jauretche, por su parte, la lucha de clases es un lujo de las sociedades altamente desarrolladas que no podemos permitirnos en los países subdesarollados. En la línea nacional, dice Jauretche: “LA DIVISIÓN HORIZONTAL DE CLASES QUE LA COMPONEN DEBE SER POSTERGADA HASTA QUE EL TRIUNFO SOBRE LOS DE AFUERA NOS PERMITA EL LUJO DE LAS DIVERGENCIAS INTERIORES” [46].

Un peronista de izquierda como Gonzalo Cárdenas dice lo mismo: “De ese modo el esquema marxista clásico de la división de clases, de la época del capitalismo de libre concurrencia, hoy no tiene validez, pues la estructura nacional se encuentra condicionada en su evolución por el neocolonialismo y su coexistencia, y la lucha social se da como lucha nacional”[47]. “Después de la segunda guerra mundial, la contradicción fundamental se establece entre el neoimperialismo más el socialismo coexistente, versus los movimientos de liberación nacional, los que en definitiva suprimen la sociedad clasista enfrentando en su lucha antiimperialista al neoimperialismo y sus aliados internos (…). El ser social sólo pensando y actuando como ser nacional es capaz de admitir la vía revolucionaria  en una sociedad como la actual”[48].

El papel histórico que el marxismo otorga al proletariado es negado por los tercermundistas. Gunnar Olson, teórico del peronismo, lo dice claramente: “Que el sujeto histórico absoluto son los pueblos, en particular los pueblos del Tercer Mundo (…) y no el proletariado internacional, como había querido Marx”[49].

Otro peronista de cátedra, Roberto Carri, también niega el papel de sujeto de la revolución al proletariado, otorgándole, en cambio, un papel mucho más modesto: “Desde los objetivos revolucionarios del pueblo argentino eso está por verse y no hay ninguna razón valedera para no aplicar a esa clase obrera la misma definición que los revolucionarios europeos aplicaban a la clase media: aquella clase que hay que conseguir unir a la revolución o por lo menos neutralizar, con el fin de que el pueblo –el movimiento que no puede definirse técnicamente, sino políticamente- logre triunfar en la guerra decisiva”[50].

Los peronistas aun de izquierda coinciden significativamente con los desarrollistas. Frigerio dice: “En un país como el nuestro los intereses específicos de los obreros deben estar subordinados a los intereses generales de la Nación en su totalidad para beneficio de ésta, así como para beneficios de los propios obreros”[51].

Los tercermundistas africanos tienen ideas similares al respecto. Senghor, por ejemplo, defina la “vía africana al socialismo” de la siguiente manera: “Un socialista de nuestros días no puede tener como ideal la supresión de las desigualdades de clase en el interior de una nación, sino de las desigualdades resultantes de la división del mundo en estados desarrollados y subdesarrollados”[52].

Para Nyerere, por su parte, la hermandad de todos los africanos significa que todos los africanos pobres deben abandonar sus reivindicaciones sociales para no perturbar la hermandad nacional: “Los dirigentes y militantes sindicales, si son verdaderamente socialistas, comprenderán, sin la coacción del gobierno, que deben mantener sus reivindicaciones dentro de los límites impuestos por las necesidades de la sociedad entera”.

Si analizamos los conceptos de “Pueblo” e “Imperialismo” en las concepciones tercermundistas, veremos que no se trata de categorías históricas, sino de figuras ideológicas. El objetivo de clase social es sustituido por la concepción carismática, pequeñoburguesa de pueblo, palabra destinada a sugerir la idea de unanimidad, de ausencia de contradicciones y de lucha de clases en el seno de una comunidad. Pero el pueblo no es una unidad abstracta, está, por el contrario, disgregado en clases antagónicas, organizado en distintos grupos, con determinadas directivas y objetivos contrapuestos, en el mejor de los casos sólo se establecen alianzas o pactos casi siempre momentáneos e inestables.

Por otra parte, no es cierto que las clases obreras de los países dependientes renuncien del todo a sus reivindicaciones de clase en aras de la lucha antiimperialista. Si tomamos el caso típico de clase obrera adherida a un movimiento nacionalista burgués, como es la clase obrera peronista, comprobaremos que sus reivindicaciones son clasistas y no nacionales. El 17 de octubre de 1945 la clase obrera peronista no sale a la calle a luchar contra “el imperialismo yanqui” –del que sólo podían ser conscientes en ese entonces algunos pocos nacionalistas-, salieron a defender la reciente organización sindical y las mejoras sociales otorgadas por Perón: aumento de salario, vacaciones pagas, aguinaldo, ley de jubilaciones, indemnizaciones, rebaja de alquileres, etc. Esto está muy claro en la sesión del Comité Central Confederal celebrado el 16 de octubre de 1945, donde se declara la huelga general de los días 17 y 18. Entre los motivos de la huelga no se menciona ni una sola vez al “imperialismo”, sino tan sólo la negativa de los industriales argentinos a cumplir el decreto que estipulaba el pago de salarios dobles los días feriados, el anuncio de que no se otorgarían más vacaciones pagas y, sobre todo, la ostentación abusiva de poder que hacían los patrones nacionales proclamando que la obra de justica social iniciada por Perón sería arrasada[53].

Es decir, que los obreros que hicieron el 17 de octubre, si por una parte no levantaban consignas revolucionarias, sino reformistas, por otra parte consignas eran sociales antes que nacionales, porque no se distinguían en ellas a la burguesía nacional de la internacional. Perón no era visto como un líder antiimperialista, sino como un dirigente reformista que defendía los intereses de la clase obrera frente a la patronal. LA LLAMADA “IZQUIERDA NACIONAL” ESTABLECE UNA FALSA DICOTOMÍA ENTRE UNA CLASE OBRERA DE ORIGEN INMIGRANTE QUE TRASPLANTARÍA UN ESQUEMA CLASISTA EUROPEO SIN VIGENCIA CON LA REALIDAD NACIONAL, Y UNA NUEVA CLASE OBRERA DE ORIGEN CRIOLLO –LOS “CABECITAS NEGRAS”- QUE HABRIAN COMPRENDIDO QUE LA PRINCIPAL CONTRADICCION ERA CON EL IMPERIALISMO Y NO CON LA PATRONAL ARGENTINA. Esto es falso, porque la clase obrera peronista se enfrentaba principalmente con la patronal local, y porque además sus principales dirigentes provenían de lo que nuestros nacionalistas llaman “izquierda cipaya”: Borlengui, por ejemplo, provenían del viejo Partido Socialista.


La ley del intercambio desigual

Estas posiciones políticas de los tercermundistas tienen también una teoría económica aparentemente sólida; se trata de la teoría del “intercambio desigual”  formulada por el economista grecofrancés Arghiri Emmanuel [54], algo así como el Karl Marx del Tercer Mundo, y seguido, entre otros, por el argelino Samir Amin y el argentino Oscar Braun.

La ley del “intercambio desigual” consiste en el intercambio de mercancías que comportan una menor cantidad de trabajo, gracias a la alta composición orgánica del capital de los países desarrollados, por mercancías que comportan una mayor cantidad de trabajo debido a la baja composición orgánica del capital de los países subdesarrollados. Como consecuencia de este intercambio de cantidades desiguales de trabajo, los países desarrollados hacen pagar el excedente de los salarios de sus obreros a los países subdesarrollados. Los obreros de los países subdesarrollados pueden gozar de salarios más altos porque la disminución de la plusvalía es compensada con la plusvalía extraída a los países subdesarrollados a través del “intercambio desigual”.

De ese modo, el obrero del país desarrollado se beneficia con la explotación del país dependiente y es, por lo tanto, cómplice de la burguesía, ha dejado de ser un explotado por la burguesía para pasar a ser un explotador de los países dependientes.

Las contradicciones entre el proletariado y la burguesía de los países desarrollados no son ya contradicciones de clase, sino simplemente una puja entre asociados por el reparto del botín extraído a los pueblos subdesarrollados. Emmanuel lo dice claramente: “La importancia relativa de la explotación nacional que sufre la clase obrera por pertenecer al <<proletariado>> disminuye continuamente en relación con aquella de que goza por pertenecer a una nación privilegiada”[55].

El líder tercermundista Senghor dice, por su parte: “En resumen, los proletarios de Europa se han beneficiado con el régimen colonial; de ahí que nunca se hayan opuesto realmente, y quiero decir efectivamente a él”[56].

La consecuencia de esta teoría es la sustitución de la lucha de clases por la lucha nacional y del capitalismo por el “imperialismo”, entendiendo por tal no ya la última etapa del capitalismo sino un sistema nuevo y distinto del capitalismo. Emmanuel lo dice con todas las letras: “El antagonismo entre naciones ricas y naciones pobres está sustituyendo al antagonismo de clases”[57]. Senghor lo repite: “La solidaridad internacional de clase ha sido transformada sutilmente en antagonismo internacional”. Y algunos marxistas influidos por las teorías tercermundistas, como Paul Baran y Paul Sweezy, dicen también lo mismo: “La lucha de clases de nuestro tiempo se ha internalizado completamente. La iniciativa revolucionaria contra el capitalismo, que en los días de Marx correspondía al proletariado de los países avanzados, ha pasado a manos de las masas empobrecidas de los países subdesarrollados, que están luchando por independizarse de la dominación y explotación imperialista” [58]

El tercermundismo llevado hasta sus últimas consecuencias enseña a los obreros del país dependiente que su patrón también es una víctima del imperialismo y, por ende, su aliado, en tanto que el obrero del país imperialista es su enemigo porque se beneficia con la explotación de los países dependientes. Si el internacionalismo socialista considera que los obreros de un país son objetivamente solidarios con los obreros de todos los demás países, en tanto todos son explotados por sus respectivas burguesías nacionales, para el nacionalismo tercermundistas, en cambio, los obreros y los patrones de un país “pobre” son solidarios entre sí en tanto ambos son explotados por los obreros y los patrones de un país “rico” y éstos, a su vez, también son solidarios entre sí en tanto ambos son explotados por los obreros y los patrones de un país “rico” y éstos, a su vez, también son solidarios entre sí en tanto explotan a aquéllos. La explotación de un país por otro sirve para negar la explotación de una clase por otra; en los países dependientes no existirán, por lo tanto, clases nativas que exploten a otras clases nativas. Los beneficiarios de esta teoría son, por supuesto, las burguesías locales de los países dependientes que consiguen persuadir a las masas trabajadoras de que su miseria no se debe a la explotación de clases de la que son víctimas, sino a la explotación nacional por parte de otro país.

Al respecto citaremos a Mao Tse-tung, de quien los tercermundistas quieren apropiarse usando unilateralmente sus teorías sobre las contradicciones. Mao, que como buen marxista no olvida nunca la lucha de clases, advierte: “La burguesía ha disimulado siempre este problema de las clases con la palabra <<nación>> para enmascarar la realidad de la dictadura de una sola clase”[59].

La división del mundo en naciones opresoras y naciones oprimidas destruye el internacionalismo socialista que postula la unidad de las masas trabajadoras de los países dependientes y de los países imperialistas contra un enemigo común: el capitalismo monopolista. Para los tercermundistas sólo es válido el “socialismo nacional”.

Contra esa falsa división del mundo debe afirmarse que la separación entre opresores y oprimidos, entre explotadores y explotados no se da de nación a nación, sino en el interior de cada nación. Los pobres y oprimidos existen también en las naciones “ricas”, del mismo modo que los ricos y opresores existen también en las naciones “pobres”. Los ricos de las naciones ricas explotan a la vez a los pobres de las naciones ricas y a los pobres de las naciones pobres, y además son socios de los ricos de las naciones pobres. Los pobres de las naciones ricas y los pobres de las naciones pobres tienen, pues, un enemigo en común e intereses comunes, aunque todavía no lo sepan y aunque los ricos de las naciones ricas y de las naciones pobres hagan lo posible por que nunca lo sepan.

Cuando se dice que los capitalistas y los obreros de los países ricos explotan a los capitalistas y a los obreros de los países pobres se están constituyendo las relaciones de explotación al nivel del intercambio comercial entre dos países –el famoso “intercambio desigual”-, cuando en realidad las relaciones de explotación sólo se dan al nivel de las relaciones de explotación sólo se dan al nivel de la producción; dicho más claramente, la explotación sólo puede darse entre los propietarios de los medios de producción, por un lado, y los trabajadores, por otro, entre el capital y el trabajo. El capitalista de un país imperialista explota al obrero de su propio país y al obrero del país dependiente, pero no puede explotar al capitalista del país dependiente, entre ambos existe solamente la diferencia de una empresa capitalista fuerte y otra débil.

En cuanto a la diferencia entre el proletariado del país imperialista y del país dependiente, debemos admitir que aquél tiene un estándar de vida muy superior a éste, pero la pobreza o riqueza no son en términos absolutos, sino relativos al grado de riqueza alcanzado por la sociedad global: siendo el rico del país rico mucho más rico que el rico del país pobre, debemos deducir que el pobre del país rico es relativamente más pobre. La alta tecnología, la eficiencia de los países desarrollados, muy superior a la de los países subdesarrollados, determina que el trabajo de los obreros sea más productivo y que, por lo tanto, pueda extraerse una tasa más elevada de plusvalía a pesar de los salarios más altos y del menos número de horas de trabajo. El grado de explotación del obrero no reside en su nivel de vida, sino en la plusvalía que se extrae de su trabajo. Por lo tanto, es preciso deducir, como lo hace Bettelheim, que “la tasa de explotación es mucho más elevada en los países capitalistas desarrollados que en los otros”[60].

Por otra parte, hay que observar que los salarios más elevados y las menores horas de trabajo no se dan tan sólo en los países imperialistas, sino también en los países dependientes en aquellas ramas donde domina el capital imperialista. El alto desarrollo tecnológico de las empresas monopolistas les permite extraer plusvalía relativa, es decir, sin intensificar el uso de la fuerza de trabajo, en tanto que las empresas nacionales, por su menor desarrollo técnico, necesitan recurrir a la plusvalía absoluta, es decir, basada en salarios más bajos y mayores horas de trabajo. Si tomamos al pie de la letra la tesis tercermundista sobre la aristocracia obrera de los países desarrollados, debemos concluir que también en las países dependientes hay una aristocracia obrera –la que trabaja para las empresas imperialistas- y que, por lo tanto, ésta explota a los obreros de las empresas nacionales que cobran menores salarios.

Contra la teoría Emmanuel y los tercermundistas debemos sostener que existen las condiciones objetivas para el surgimiento de la conciencia de clases y la solidaridad internacional en los trabajadores de los países avanzados, aunque estén circunstancialmente eclipsadas. El enemigo de las clases obreras de los países imperialistas y de los países dependientes es el mismo: el capitalismo monopolista, y por lo tanto la solidaridad es virtual. Las clases trabajadores de los países desarrollados, al hacer anticapitalismo, hacen a la vez antiimperialismo, y las clases trabajadoras de los países dependientes, al hacer antiimperialismo, hacen anticapitalismo. Contra las tesis tercermundistas, según la cual el imperialismo es algo distinto al capitalismo y se puede atacar a uno sin atacar al otro, es preciso admitir que ambos son una sola y la misma cosa y que, por lo tanto, atacando a uno se ataca inevitablemente al otro. No tienen derecho a hablar de imperialismo quienes no quieren hablar de capitalismo.



Juan José Sebreli: Tercer Mundo. Mito burgués. Capitulo V: Imperialismo y lucha de clases. (1975). Siglo Veinte, Buenos Aire, 1975, págs. 145-196. 



[1] Paul Bairoch: El Tercer Mundo en la encrucijada, Madrid, Alianza Editorial, 1973, pág. 145.
[2] Nota de la edición digital: Suponemos que esto es un error y quiere decir “siglo XV” ya que la expansión imperialista occidental la iniciaron España y Portugal luego de la toma de Constantinopla por los turco y del cierre de la ruta hacia Oriente.
[3] Ives Lacoste: El nacimiento del Tercer Mundo, Ibn Jaldún. Barcelona, Península, 1971.
[4] Sobre las relaciones entre las aristocracias autóctonas y el colonialismo, véase Ives Lacoste: Geografía del subdesarrollo. Barcelona, Ariel, 1971.
[5] Jorge Abelardo Ramos: Historia de la nación latinoamericana. Buenos Aires, Peña Lillo, 1968, pág. 491.
[6] Carlos Marx: “La dominación británica en la India”, New York Daily Tribune, 25 de junio de 1853, recopilado por Marx-Engels: Sobre el sistema colonial del capitalismo. Buenos Aires, Ediciones Estudio, 1964, págs. 57-58.
[7] Carlos Marx: “Futuros resultado de la dominación británica en la India”, New York Tribune, 8 de agosto de 1853, recopilado en Sobre el sistema colonial del capitalismo, op.cit, pág. 105.
[8] Ibidem, pág. 109.
[9] Ibidem, pág. 109.
[10] Rudolf Hilferding: El capital financiero. Madrid, Tecnos, 1963, págs. 362-393
[11] Rudolf Hilferding, op. cit.
[12] Lenin: El imperialismo, última etapa del capitalismo, en Obras escogidas. Buenos Aires, Ed. Problemas, 1946, t. 2, pág. 483.
[13] Fritz Stenberg: ¿Capitalismo o socialismo? México, Fondo de Cultura Económica, 1954, pág. 31.
[14] Ndabaningi Sithole: El reto de África. México, Fondo de Cultura Económica, 1961.
[15] Rodolfo Puiggrós: Historia económica del Río de la Plata. Buenos Aires, 1945. Segunda edición, buenos Aires, Siglo Veinte, 1948, pág. 206.
[16] Prólogo de la segunda edición de Rosas el pequeño. Buenos Aires, Ediciones Perennis, 1953, pág. 10.
[17] Nahuel Moreno: Tesis industrial (1948), incluido en “La estructura económica argentina”. Estrategia, Buenos Aires, 1959.
[18] Milcíades Peña: “El paraíso terrateniente”. Fichas, Buenos Aires, 1969, pág. 17.
[19] Guillermo Lora: Historia del movimiento obrero boliviano. La Paz, Ediciones Amigos del Libro, 1967.
[20] Ismael Viñas: Tierra y clase obrera. Buenos Aires, Achával Solo, 1973, pág. III.
[21] Arturo Frondizi: La lucha antiimperialista. Debate, Bs. Aires, 1955, pág. 73.
[22] Arturo Frondizi: “Industria argentina y desarrollo económico”. Suplemento de la reviste Qué.
[23] Octubre. Buenos Aires, Nº 3.
[24] Octubre, Nº4-5.
[25] Jorge Abelardo Ramos: De Octubre a Setiembre. Buenos Aires, peña Lillo, 1959, pág. 224.
[26] Véase periódico Unidad Obrera. Buenos Aires, febrero de 1957.
[27] La Nación, 24 de enero de 1957.
[28] Citados por Milcíades Peña: “El imperialismo y la industrialización argentina”. Estrategia, Nº 2, diciembre de 1957, págs. 83-84.
[29] Quality of Life in the Americas. Text of Rockefeller Mission Report. The Departament of State. Bulletin, 8 de diciembre de 1969.
[30] Véase Gustavo Polit: “Rasgos industriales de la famosa burguesía industrial argentina”, Fichas, Nº 1, abril de 1964, págs. 72-73.
[31] Ismael Viñas: “Corporaciones multinacionales”. Transformaciones, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pág. 250.
[32] Teorías recientes del imperialismo, por el Grupo de Trabajo Tercer Mundo de la OSI. Reproducido por Critique de l’Économie Politique, Nº 4-5, julio-diciembre de 1971.
[33] Ernest Mandel: Traité d’economie marxiste. París, Union general d’Editions, 1962, t. 3, pág. 178.
[34] Sobre las relaciones entre el régimen de Velasco Alvarado y el imperialismo, véase Aníbal Quijano Obregón: Nacionalismo, neoimperialismo y militarismo en el Perú. Buenos Aires, Ediciones Periferia, 1971.
[35] Sobre las viejas y nuevas alianzas de clase en la Argentina y América Latina, veánse dos interesantes obras: Theotonio dos Santos: Socialismo o fascismo. El nuevo carácter de la dependencia y el dilema latinoamericano. Buenos Aires, Periferia, 1972; Mónica Peralta Ramos: Estapas de acumulación y alianza de clases en la Argentina (1930-1970). Buenos Aires, Siglo XXI, 1972.
[36] Liisa North: “Orígenes y crecimiento del partido aprista y el cambio socioeconómico en el Perú”. Desarrollo económico, Nº 38, julio-setiembre de 1970, pág. 163.
[37] Víctor Raúl Haya de la Torre: El antiimperialismo y el APRA. Santiago de Chile, Ercilla, 1936, pág. 65.
[38] Luis Alberto Sánchez: Historia general de América. Santiago de Chile, Ercilla, 1942, t. II.
[39] Manuel Seoane: Comunistas, criollos. Paginas de divulgación aprista. Arequipa, 1964, págs. 57-58.
[40] Carlos Marx: Crítica del Programa de Gotha, op. cit., págs. 22.
[41] Lenin: “Sobre la caricatura del marxismo y el <<economicismo>> imperialista”. Obras completas. Buenos Aires, Cartago, t, XXIII, pág. 41.
[42] Juan Perón: La hora de los pueblos. Buenos Aires, Norte, 1968, págs. 21-22.
[43] Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo, op. cit., pág. 502.
[44] André Gunder Frank: Lumpenburguesía y lumpendesarrollo. Montevideo, Ediciones de la banda Oriental, 1968, pág. 9; Theotonio dos Santos: “Dependencia y cambio social”. Cuadernos de estudios socioeconómicos. Universidad de Chile, 1970, pág. 7.
[45] Raúl Scalabrini Ortiz: Bases para la reconstrucción nacional. Buenos Aires, Plus Ultra.
[46] Arturo Jauretche: Prosas de hacha y de tiza. Buenos Aires, Coyoacán, 1961, pág. 67. 
[47] Gonzalo Cárdenas: “El movimiento nacional y la universidad”, Antropología Tercer Mundo, Nº 3, Buenos Aires, noviembre de 1969, pág. 53
[48] Gonzalo Cárdenas: “El peronismo y la cuña neoimperial”, en El peronismo. Buenos Aires, Ed. Carlos Pérez, 1969.
[49] Gunnar Olson: Antropología Tercer Mundo, número especial 5.
[50] Roberto Carri: Antropología Tercer Mundo, número especial 5.
[51] Rogelio Frigerio: Prólogo a Marcos Merchenski: Las corrientes ideológicas en la Argentina. Buenos Aires, Ed. Concordia, 1961, pág. 19.
[52] Senghor: Discurso publicado en Africa Express, Nº 33, 1963, reproducido por Georges Balandier: Teoría de la descolonización. Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1973, pág. 113.
[53] “La CGT y el 17 de octubre de 1945”, Pasado y Presente, Nº 2-3, nueva serie, julio-diciembre de 1973. pág. 403.
[54] Arguiri Emmanuel: El intercambio desigual. Ensayo sobre los antagonismos en las relaciones económicas internacionales. Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. Para una crítica de esta posición véase Charles Bettelheim: Observaciones teóricas en el mismo libro de Emmanuel; Eugenio Chatelein: A qué conduce la tesis del intercambio desigual, y Patrick Florian: “Emmanuel con los filisteos”, en Cuarta Internacional, Nº 1, julio de 1973. Horacio Ciafardini: Concepciones tercermundistas en la teoría de las relaciones económicas internacionales. Buenos Aires, Cicso, 1973.
[55] Emmanuel: “El intercambio desigual”. Cuadernos del Pasado y presente, Córdoba, pág. 209.
[56] Senghor: Informe al Congreso Constitutivo del P.F.A., citado por Peter Worsley en El Tercer Mundo.
[57] Emmanuel: El intercambio desigual, op. cit., pág. 208.
[58] Paul Baran y Paul Sweezy: El capital monopolista. México, Siglo XXI, 1966, pág. 13.
[59] Mao Tse-tung: La nueva democracia. Santiago de Chile, Ed. Austral, pág. 77.

[60] Charles Bettelheim: “Los trabajadores en los países ricos y pobres tienen intereses solidarios”. Cuadernos de Pasado y Presente, Nº 24, pág. 166.

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